Tucumán, la inseguridad y el consumo problemático: mientras circulen drogas la delincuencia será imparable

“Si un Estado no vence a la criminalidad, es porque es cómplice”, Nayib Bukele

Por SIN CODIGO

La inseguridad en Tucumán no puede analizarse de manera aislada. Robos violentos, asesinatos, entraderas y hechos de sangre tienen un denominador común que cada vez se repite con más frecuencia: el consumo de drogas. Pero el drama va mucho más allá del delito callejero. La droga también está matando en silencio a adolescentes, jóvenes y adultos a través del suicidio, un tema tabú que casi no se aborda públicamente, pero que golpea a familias tucumanas todos los días.

Según el Informe de Suicidios 2024, del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), Tucumán registró 199 muertes por suicidio, con una tasa de 12,3 por cada 100.000 habitantes, la más alta del Noroeste Argentino (NOA) y por encima de la media nacional, estimada en 9,8. Esto mantiene a la provincia al tope de la región junto a Salta, Santiago del Estero, Jujuy, Catamarca y La Rioja. Muchos familiares de víctimas aseguran que las políticas públicas aún no llegan a los barrios más vulnerables, donde el consumo problemático de sustancias y la falta de oportunidades se combinan para agravar la situación.

El narcotráfico no solo envenena cuerpos, también destruye vínculos, rompe familias y vacía de sentido a una sociedad que, por comodidad, miedo o resignación, elige mirar hacia otro lado. El consumo problemático muchas veces es consecuencia de una vida atravesada por frustraciones, carencias afectivas, falta de oportunidades y la ausencia de una familia con valores sólidos. Pero una vez que la droga entra en escena, el daño se multiplica y se vuelve casi irreversible.

Las políticas de Estado que deberían impedir que ese veneno ingrese a la provincia, o al menos reducir su impacto, claramente no están funcionando. El Gobierno provincial suele mostrar incautaciones de droga o la detención de personas que comercializan pequeñas cantidades. Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿Dónde están los peces gordos? ¿Quiénes son los verdaderos proveedores? ¿Quién introduce la droga en Tucumán?

Desde el Ministerio de Seguridad de la provincia se destacan resultados en operativos de narcomenudeo. Según datos oficiales recientes, el nivel de secuestros de droga en la provincia creció más de 40% en el último año, un indicador que el Gobierno interpreta como un avance en la lucha contra la venta minorista de estupefacientes.

Sin embargo, estos decomisos se circunscriben casi exclusivamente a la punta de la pirámide: pequeños vendedores o consumidores atrapados en la cadena del narcomenudeo. Los grandes proveedores que introducen y distribuyen la droga en la provincia siguen sin aparecer en las estadísticas oficiales

Se combate el síntoma, pero no la enfermedad. Es como bajar la fiebre sin atacar la infección que la provoca. Si la estrategia es detener a los “soldaditos” —que muchas veces son consumidores empujados por la necesidad o la adicción— y no ir por quienes manejan el negocio, el problema no solo no se resuelve: se perpetúa.

¿Por qué jamás cae un gran proveedor? ¿No se puede o no se quiere? La sospecha es incómoda, pero necesaria. En Argentina, como en muchas partes del mundo, los carteles de la droga han demostrado tener un poder económico capaz de infiltrar estructuras del Estado y de financiar campañas políticas. Fingir que eso no ocurre es parte del problema.

La respuesta oficial evita señalar responsables políticos o estructuras de poder. Pero en los pasillos de los barrios y en conversaciones con víctimas y familiares hay otra lectura: nadie parece creer que solo con detenciones menores se vaya a desarticular un problema que, aseguran, tiene raíces más profundas y redes más poderosas.

Un vecino del Barrio 128 Viviendas, resumió el sentimiento de muchos: “Atrapan a los chicos que venden una dosis, pero siguen entrando drogas como si fuera mercancía normal. ¿Y los que manejan todo? Nunca nadie los ve.”

Mientras tanto, Tucumán sigue sumando víctimas: jóvenes que se quitan la vida, familias destruidas, barrios enteros dominados por el miedo, delitos cometidos bajo los efectos de sustancias que anulan cualquier límite. El silencio también mata. El miedo también mata. La hipocresía también mata.

Con la cantidad de detenidos por narcomenudeo, resulta llamativo que ninguno “quiebre” para delatar a su proveedor. ¿Todos callan por miedo? ¿O todos saben que hay límites que no se pueden cruzar? El resultado es siempre el mismo: los perejiles caen, el negocio continúa y la droga sigue circulando.

La destrucción de la sociedad no vendrá únicamente por el cambio climático, una guerra o una pandemia. Si no se actúa de manera seria y profunda, vendrá por la droga, que ya se ha metido en el corazón mismo del tejido social. Y cada día que pasa sin una decisión real de enfrentar el problema de fondo, Tucumán pierde otra batalla. Y, lo que es peor, otra vida.

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