Por más de tres décadas, una pregunta sigue resonando en Famaillá: ¿qué pasó realmente con César Mansilla?
Tenía apenas 18 años cuando, en la madrugada del 29 de julio de 1995, su cuerpo apareció sobre la Ruta Provincial 324, pasando la zona conocida como los sifones. Desde entonces, el tiempo avanzó, los expedientes se cerraron y muchos de los protagonistas de aquella investigación ya no están. Sin embargo, la incertidumbre permanece.
Para la Justicia, el caso nunca encontró una respuesta definitiva. Para su familia, en cambio, la verdad aún espera ser descubierta.
Las horas previas a su muerte son uno de los aspectos que más interrogantes generan. Según recuerdan familiares y allegados, el día anterior César participó de un programa de radio estudiantil donde habló sobre el consumo de drogas y denunció amenazas. Durante una pausa de la transmisión habría recibido una llamada intimidatoria. Ese episodio quedó grabado en la memoria de quienes compartieron aquellas horas con él y, desde entonces, forma parte de las preguntas que nunca obtuvieron respuesta.
Pocas horas después llegó la noticia que conmocionó a toda la ciudad.
Su cuerpo fue encontrado a un costado de la ruta. La investigación inicial consideró la posibilidad de un accidente de tránsito, pero con el paso del tiempo esa explicación no logró convencer a su entorno más cercano. La familia sostuvo siempre que existían elementos que debían investigarse bajo otra hipótesis y reclamó que la causa no fuera cerrada sin agotar todas las líneas posibles.
La investigación quedó en manos del entonces fiscal Antonio Gustavo Albaca. Pasaron los años sin avances concluyentes. No hubo imputados, no hubo condenas y finalmente la causa prescribió, dejando una sensación de impunidad que todavía persiste en Famaillá.
Lo que ocurrió después convirtió el caso en mucho más que un expediente judicial.
Las marchas del silencio comenzaron a repetirse año tras año. Vecinos, estudiantes, docentes y familiares caminaron por las calles de la ciudad con una misma consigna: pedir verdad y justicia para César Mansilla.
El reclamo incluso trascendió Tucumán. Adán Morales, padre de María Soledad Morales —cuya lucha por justicia conmovía al país en esos años— llegó a Famaillá para acompañar a la familia Mansilla y sumarse a una de las movilizaciones. Su presencia reforzó la dimensión que había adquirido el caso.
Con las instancias judiciales agotadas en Argentina, los familiares llevaron el expediente ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), sosteniendo que el Estado no investigó adecuadamente la muerte del joven. Hasta el momento no existe una resolución pública definitiva sobre esa presentación.
Hoy 31 años después, en el lugar donde apareció el cuerpo de César hay un monolito que recuerda su nombre. Quienes pasan por allí saben que no es solo un homenaje: es también un recordatorio de una historia que permanece inconclusa.
En Famaillá todavía hay quienes recuerdan dónde estaban cuando se enteraron de la noticia. Hay quienes participaron de aquellas marchas y quienes crecieron escuchando hablar de un joven cuya muerte nunca fue esclarecida.
El paso del tiempo no respondió las preguntas que surgieron aquella madrugada de 1995.
¿Fue realmente un accidente? ¿Hubo un crimen que nunca llegó a probarse? ¿Se investigó todo lo que debía investigarse?
Son interrogantes que siguen abiertos.
Treinta y un años después, el caso de César Mansilla continúa siendo una de las deudas pendientes de la Justicia y uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente de Famaillá. Mientras no exista una respuesta definitiva, su nombre seguirá formando parte de la memoria colectiva de una ciudad que aún espera conocer la verdad.
