En medio de la indignación nacional por los siderales sueldos que perciben los legisladores, un reciente estudio ubica a los tres senadores por Tucumán entre los de peor valoración del país. Un repaso por el nulo aporte de Beatriz Ávila, Juan Manzur y Sandra Mendoza, tres dirigentes que usarían la banca nacional para la especulación personal y el acomodo político
En una Argentina castigada por la crisis económica, la política parece habitar una realidad paralela. Mientras el Senado de la Nación volvió a quedar en el centro de la polémica al confirmarse dietas brutas que alcanzan la friolera de 12 millones de pesos mensuales, la sociedad observa con creciente apatía y rechazo a sus representantes.
En este escenario, la provincia de Tucumán ostenta una de las representaciones parlamentarias más débiles, irrelevantes y peor evaluadas del país: los datos de la consultora CB Opinión Pública revelan que los tres senadores tucumanos ocupan los puestos más bajos en imagen y reconocimiento a nivel nacional.
Sin embargo, en este trío de la irrelevancia legislativa, hay un nombre que sobresale por su notable falta de méritos propios y su contorsionismo político: Beatriz Ávila.
El “esposismo” político y la conveniencia como única bandera
Beatriz Ávila llegó a ocupar una banca en el Congreso de la Nación impulsada sin más credenciales que la de ser “la esposa de” Germán Alfaro, exintendente de San Miguel de Tucumán. Sin una trayectoria de iniciativas propias ni un peso político construido de manera independiente, su paso por el Senado de la Nación se convirtió en un verdadero desierto de ideas e iniciativas beneficiosas para la provincia, al menos hasta ahora.
Los números de las encuestas nacionales no mienten: Ávila cuenta con porcentajes insignificantes de imagen positiva (1,1%) y niveles abrumadores de desconocimiento social. Ocupa el puesto 64 del total de 72 senadores. Para la ciudadanía, su labor en el Congreso es prácticamente invisible.
Pero mientras su labor parlamentaria para Tucumán pareciera nula, su astucia para el pragmatismo político cotiza en bolsa. Luego de dar un sonoro portazo al peronismo años atrás para enrolarse en el alfarismo y la oposición, en los últimos tiempos Ávila protagonizó —junto a su marido— una nueva maniobra de supervivencia: el acople y alineamiento con el Gobierno provincial de Osvaldo Jaldo. Un “giro ideológico” que sería pura conveniencia que solo buscaría garantizar al matrimonio Alfaro-Ávila una silla en la mesa de negociaciones y mantenerlos con vida en la palestra política a costa del erario público.
Juan Manzur y Sandra Mendoza: la casta que negocia en las sombras
La paupérrima representación de la provincia en la Cámara Alta se completa con dos nombres alineados al kirchnerismo, cuya conducta y rendimiento no sorprenden, pero continúan indignando.
Por un lado, el exgobernador y exjefe de Gabinete Juan Manzur, quien ostenta uno de los peores diferenciales de imagen de toda la Cámara Alta, puesto 65 con solo 11,6% de imagen positiva. En casi cuatro años como senador nacional, Manzur no aportó absolutamente nada sustancial a la calidad de vida de los tucumanos. Su banca parecería ser utilizada únicamente como un escudo institucional y una trinchera táctica para mantenerse con vida en las roscas y mesas de negociación del poder central, mirando más sus ambiciones personales para 2027 que los problemas de la provincia que representa.
Por el otro, Sandra Mendoza, otra figura que llegó al plano nacional bajo la sombra del “esposismo” y las estructuras de poder familiar. Mendoza es la esposa de José “Mellizo” Orellana, mandamás político de Famaillá, con condenas judiciales a cuestas. Al igual que Ávila, el trabajo legislativo de Mendoza a favor de Tucumán brilla por su ausencia, conformando un bloque que vota por disciplina partidaria kirchnerista o por acuerdos de conveniencia provincial.
Representantes de su propio bolsillo
En definitiva, Tucumán cuenta hoy en el Senado de la Nación con tres figuras que cobran dietas millonarias, con aparente desconexión de la realidad social de la provincia. Con un alineamiento dubitativo y utilitario frente al gobernador Jaldo, Ávila, Manzur y Mendoza han convertido la representación popular en una aparente herramienta de negociación personal y supervivencia política.
Un triste panorama para una provincia golpeada, con senadores que no la representan.
