Los dilemas de Jaldo y Chahla, el desafío de Catalán: en Tucumán nadie tiene la victoria asegurada

El gobernador tiene el poder, pero Manzur se convirtió en una piedra cada vez más incómoda en su zapato. La intendenta capitalina debe elegir entre viejas lealtades y conveniencias presentes. Y Lisandro Catalán enfrenta una decisión que puede marcar su futuro político: abrir el juego o arriesgarse a desperdiciar una oportunidad histórica. En la carrera hacia 2027, todos tienen algo que ganar, pero también mucho que perder

Por la redacción de SIN CODIGO TUCUMÁN

En política, cada elección trae sus propios desafíos. Se abren frentes, se construyen alianzas, se renuevan promesas de lealtad y aparecen traiciones que, muchas veces, terminan justificándose en nombre de la gobernabilidad. Y, como sucede en toda disputa por el poder, siempre queda algún dirigente herido en el camino.

Pero el escenario electoral que comienza a configurarse en Tucumán tiene particularidades que lo vuelven especialmente complejo. Esta vez, ninguno de los principales protagonistas parece tener el camino despejado. Ni siquiera quienes hoy administran el poder.

Porque una cosa es tener el caballo del comisario y otra muy distinta es llegar primero a la meta.

Jaldo: el poder no siempre alcanza para ganar

El gobernador Osvaldo Jaldo cuenta con una ventaja que ningún adversario puede desconocer: maneja el Poder Ejecutivo provincial, dispone de una estructura territorial consolidada y tiene detrás una maquinaria política que conoce como pocas el funcionamiento electoral de Tucumán. En términos populares, corre con el famoso caballo del comisario.

Sin embargo, esta vez el recorrido hacia su ansiada reelección parece bastante más sinuoso y empinado de lo que imaginaba hace algunos meses. La piedra en el zapato tiene nombre y apellido: Juan Manzur.

Lo que inicialmente parecía una maniobra del exgobernador para mejorar su posición negociadora terminó transformándose en una disputa política mucho más seria.

Manzur ya no parece limitarse a levantar la voz para conseguir lugares en las listas. Sus movimientos, sus declaraciones y la decisión de organizar su propio acto por el Día de la Lealtad indican que pretende disputarle a Jaldo la conducción del peronismo tucumano.

Y el problema para el gobernador no es necesariamente que Manzur tenga posibilidades reales de derrotarlo en una elección. El verdadero peligro es que le quite los votos suficientes para que otro termine ganando.

La historia electoral demuestra que las divisiones internas pueden debilitar incluso a las estructuras políticas más poderosas. El peronismo tucumano conoce perfectamente ese riesgo.

Jaldo, entonces, deberá hacer equilibrio sobre una cuerda cada vez más delgada. Por un lado, necesita contener a su propia tropa, evitar nuevas fugas y mantener alineados a intendentes, legisladores y dirigentes territoriales. Por otro, debe sostener un diálogo fluido con el Gobierno Nacional de Javier Milei, del que depende una parte importante de la relación institucional y financiera entre Tucumán y la Nación.

Y, al mismo tiempo, necesita construir un discurso peronista, nacional y popular que no termine espantando a sus propios militantes. No es una tarea sencilla.

Porque mientras Jaldo habla de lealtad peronista en el Hipódromo, Manzur le recuerda a una parte del justicialismo que sus diputados nacionales contribuyeron a sostener iniciativas del Gobierno libertario.

Aunque el exgobernador arrastre una imagen negativa considerable y no aparezca, por ahora, como un candidato electoralmente arrollador, encontró un espacio político desde el cual puede crecer: el de los peronistas descontentos con Milei y aquellos que consideran que Jaldo se alejó demasiado de las banderas históricas del movimiento.

En definitiva, Manzur quizás no necesite ganar para complicarle seriamente la vida al gobernador.

Y ese es, precisamente, el mayor dilema de Jaldo: cómo enfrentar a Manzur sin terminar debilitándose frente a su verdadero adversario electoral.

Chahla: entre el corazón, la gratitud y la supervivencia política

Si el panorama de Jaldo es complicado, el de la intendente de San Miguel de Tucumán, Rossana Chahla, tampoco resulta demasiado cómodo. La jefa municipal quedó en medio de una disputa que no inició, pero de la que difícilmente pueda mantenerse al margen.

Su historia política está estrechamente vinculada con Juan Manzur y Carlos Cisneros, dos dirigentes que desempeñaron papeles importantes en su llegada a la intendencia capitalina. Con ambos mantiene vínculos políticos que no desaparecen de un día para otro.

Sin embargo, Chahla también sabe que gobernar la capital provincial sin una relación razonablemente buena con el gobernador sería una empresa bastante más difícil. La gestión municipal necesita coordinación, recursos y acuerdos con la Provincia. Y Jaldo tiene buena parte de las herramientas que permiten sostener esa relación.

Por eso, la intendente debe administrar un delicado equilibrio entre la gratitud hacia quienes la impulsaron políticamente y la necesidad de preservar su relación con quien hoy conduce el Ejecutivo provincial.

Recientemente, Chahla volvió a mostrarse con Cisneros, quien manifestó públicamente su intención de trabajar por la reelección de la intendenta. El gesto no pasó inadvertido. Porque Cisneros también mantiene diferencias con Jaldo y su cercanía con Chahla introduce un elemento adicional de tensión en el tablero oficialista.

Pero cuando llegó el momento de mostrar dónde se ubica políticamente, la intendente acompañó al gobernador.

¿Convicción, conveniencia o supervivencia?

Probablemente haya un poco de todo. En política, las lealtades personales suelen durar hasta que chocan con las necesidades electorales.

Chahla puede mantener afectos y relaciones con Manzur y Cisneros, pero sabe que no puede permanecer indefinidamente con un pie en cada vereda. Tarde o temprano, las internas obligan a tomar partido.

Y la intendente parece haber entendido que, al menos por ahora, su futuro político está más protegido junto a Jaldo que enfrentándolo. No necesariamente los une el amor. Quizás los una el espanto.

Y ese espanto tiene nombre: La Libertad Avanza. Porque tanto Jaldo como Chahla saben que el crecimiento libertario representa una amenaza concreta para sus proyectos de continuidad.

En la capital, donde el oficialismo provincial ya sufrió derrotas electorales frente a los libertarios, el desafío es especialmente sensible.

La intendente no solo deberá administrar sus relaciones políticas. También tendrá que convencer a los vecinos de que su gestión merece otros cuatro años. Y eso, finalmente, se resolverá mucho más en las calles de San Miguel de Tucumán que en las fotografías con dirigentes.

Catalán: la oportunidad histórica y el riesgo de equivocarse

Del otro lado aparece Lisandro Catalán, principal referente de La Libertad Avanza en Tucumán y uno de los dirigentes que aspiran a disputar la gobernación en 2027. Su situación es diferente. No tiene que defender una gestión provincial ni resolver una interna peronista.

Pero enfrenta un dilema que puede ser tan determinante como los de sus adversarios: mantener una postura purista, cerrando las puertas a posibles aliados, o construir un frente más amplio que aumente sus posibilidades de llegar al poder.

Catalán tiene delante una oportunidad que quizás no vuelva a repetirse en las mismas condiciones.

Un peronismo dividido, un electorado que ya demostró su disposición a acompañar a La Libertad Avanza y un escenario nacional en el que el presidente Milei conserva una importante capacidad de influencia política.

Pero las oportunidades no ganan elecciones por sí solas. Para llegar al sillón de Lucas Córdoba, Catalán necesitará mucho más que el respaldo presidencial, la identificación con el color violeta y un discurso contra la vieja política.

Necesitará votos, estructura territorial, candidatos competitivos y una estrategia que le permita crecer más allá del electorado libertario tradicional. Y allí aparece su gran encrucijada.

Si mantiene una postura excesivamente cerrada, podría dejar afuera a dirigentes y sectores políticos dispuestos a acompañar un proyecto de cambio.

Pero si abre demasiado las puertas, corre el riesgo de incorporar a representantes de esa misma política tradicional que La Libertad Avanza promete combatir.

¿Cómo ampliar sin desnaturalizarse? ¿Cómo sumar sin convertirse en aquello que se critica?

Ese es el verdadero desafío. Catalán deberá decidir si privilegia la pureza ideológica o el pragmatismo electoral.

Porque una cosa es construir un partido que represente fielmente las ideas libertarias y otra es organizar una coalición capaz de ganar una provincia históricamente dominada por el peronismo. Ambos objetivos pueden ser compatibles, pero requieren inteligencia política.

Y, sobre todo, capacidad para distinguir entre aliados que aportan representatividad y oportunistas que simplemente buscan acomodarse bajo una nueva bandera.

La Libertad Avanza tiene una oportunidad importante. Pero también puede desperdiciarla si confunde firmeza con aislamiento o si cree que la división del adversario alcanza para garantizar una victoria. La pregunta que debería hacerse Catalán no es solamente cómo ganarle a Jaldo, sino qué pasaría si termina perdiendo una elección que parecía estar a su alcance por haber elegido una estrategia equivocada.

Manzur: ¿candidato, negociador o el hombre que puede cambiar el resultado?

En esta partida también merece un capítulo propio Juan Manzur. El exgobernador enfrenta una decisión que marcará su futuro político.

Puede sostener su confrontación con Jaldo hasta las últimas consecuencias, intentar construir una alternativa dentro del peronismo o utilizar su capacidad de movilización para negociar un nuevo acuerdo. Pero cuanto más se profundiza la interna, más difícil resulta retroceder sin pagar costos políticos.

Manzur necesita demostrar que su enfrentamiento no es solamente una disputa por cargos, sino que representa una diferencia política concreta. Y Jaldo necesita evitar que ese sector termine transformándose en un factor decisivo para una eventual derrota.

La paradoja es evidente: dos dirigentes que durante años compartieron el poder podrían terminar facilitando, con su enfrentamiento, la llegada de un adversario común.

En 2027 no ganará necesariamente el que tenga más poder

La carrera electoral tucumana recién comienza a tomar temperatura, pero ya permite advertir que ninguno de sus protagonistas tiene garantías.

Jaldo posee la estructura del Estado, pero debe enfrentar una interna que amenaza con erosionar su fortaleza.

Chahla administra la capital, pero necesita sobrevivir a una disputa de lealtades y demostrar resultados de gestión.

Manzur conserva capacidad de movilización, aunque todavía debe convertir su confrontación política en una alternativa electoral convincente.

Y Catalán tiene delante una oportunidad excepcional, pero deberá decidir cómo construir una mayoría sin perder su identidad.

Todos tienen ventajas. Todos arrastran debilidades. Y todos saben que una mala decisión puede resultar mucho más costosa que un discurso desafortunado.

Porque en política las elecciones no siempre las gana quien parece más fuerte, quien reúne más militantes en un acto o quien consigue la fotografía más concurrida. Las gana quien logra interpretar mejor el humor de la sociedad, construir una propuesta creíble y ejecutar la estrategia electoral más inteligente.

Jaldo deberá demostrar que el poder no lo volvió invulnerable. Chahla, que puede gobernar sin quedar atrapada en las lealtades ajenas. Manzur, que su desafío tiene algo más que ambición personal. Y Catalán, que está preparado para transformar una oportunidad en una victoria.

En Tucumán, el camino hacia 2027 está abierto.

Y aunque algunos ya se prueben el traje de ganador, convendría recordarles una vieja verdad de la política: las elecciones no se ganan antes de tiempo y, muchas veces, las derrotas más dolorosas son las que nadie imaginaba posibles.

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