León XIV llega a la Argentina: un domingo histórico para volver a creer en nosotros

Después de 39 años, la Argentina vuelve a recibir a un Papa. La llegada de León XIV despierta la nostalgia por Francisco y nos invita a hacer una pausa, mirar el país que tenemos y preguntarnos cuánto podríamos hacer si dejáramos de tratarnos como adversarios.

Opinión | Sin Codigo Tucumán

Este domingo 8 de noviembre, la Argentina vivirá un día histórico. Según el programa de la Santa Sede, el Papa León XIV llegará desde Uruguay a las 16.30 y aterrizará en el Aeroparque Jorge Newbery. Será la primera visita de un pontífice al país desde abril de 1987, cuando Juan Pablo II estuvo aquí por segunda vez. Pasaron 39 años. Y en el medio ocurrió algo que, en aquel entonces, pocos habrían imaginado: un argentino se convirtió en Papa.

La nostalgia por Francisco

Cuando León XIV baje del avión, muchos argentinos pensarán en Jorge Bergoglio. Recordarán la emoción de aquel día en que salió al balcón de San Pedro y habló con esa manera tan familiar que hizo sentir a tantos que alguien de casa había llegado hasta allí.

También volverá la nostalgia por la visita que quedó pendiente. Francisco llevó consigo a la Argentina durante su pontificado, y la Argentina se quedó con las ganas de recibirlo como Papa.

Hay algo entrañable en esa mezcla de alegría y nostalgia. Podemos celebrar a León XIV y extrañar a Francisco al mismo tiempo. Y podemos honrar la memoria del Papa argentino tomando en serio una pregunta que atraviesa su legado: ¿qué hacemos con el prójimo cuando piensa distinto, cuando nos incomoda o cuando necesita algo de nosotros?

Un país que necesita hacer una pausa

La visita encuentra a una Argentina cansada de discutir. La grieta, de tanto repetirse, se nos metió en la sobremesa, en los grupos de amigos y hasta en la manera de mirar al vecino. Hay conversaciones que dejamos de tener por miedo a terminar peleados. Y hay peleas que seguimos dando aun cuando ya nadie recuerda bien cómo empezaron.

Este domingo vale la pena parar un rato y mirar el país en el que vivimos. Vivimos en paz, lejos de las guerras que obligan a millones de personas a dejar sus hogares. Tenemos una tierra capaz de producir, gente que trabaja y comunidades que saben organizarse cuando alguien necesita ayuda.

También hay familias a las que les cuesta llegar a fin de mes, jóvenes que dudan de su futuro y personas que atraviesan solas sus dificultades. Con todo lo que tenemos para dar, podemos hacer mucho más por ellos.

Tal vez nos falte creernos un poco más capaces de salir adelante juntos. Eso empieza por algo tan sencillo y tan difícil como escuchar al otro hasta el final. Podemos discutir con firmeza, defender nuestras convicciones y, al día siguiente, sentarnos a trabajar con quien piensa distinto en aquello que nos importa a los dos.

La esperanza del día después

Para quienes creemos, la visita tiene un sentido profundamente espiritual. Nos recuerda que somos hijos de Dios y que esa condición nos hace hermanos también de quienes nos cuesta comprender o perdonar.

Para quienes viven la fe de otra manera, o no la profesan, queda una invitación que todos podemos compartir: cuidar la dignidad del otro, aun en medio del desacuerdo.

La emoción de este domingo -y los próximos tres días- se verá en las calles y en las celebraciones. Lo que hagamos con ella se verá después, cuando toque volver a la mesa familiar, al trabajo, al barrio y a las discusiones de siempre.

Quizá podamos retomar una conversación que quedó rota, pedir perdón por una ofensa o acercarnos a alguien a quien hace tiempo dejamos de escuchar.

León XIV llega a un gran país que todavía tiene mucho para dar. Ojalá esta visita nos devuelva un poco de confianza en lo que somos capaces de hacer juntos.

Y que, cuando el Papa se vaya, esa esperanza se quede entre nosotros.

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