Que se entienda bien: esta columna no busca rozar lo sagrado ni herir la sensibilidad de la fe cristiana. Se trata, puramente, de una analogía estética y analítica. Porque si hay un arte que el peronismo domina, es el de la teatralidad, las lealtades declamadas y las traiciones silenciosas
Por Enzo Perea para SIN CODIGO
El gran Leonardo Da Vinci plasmó con la máxima sutileza La Última Cena, en el preciso instante donde Jesús dijo: “Uno de vosotros me va a traicionar”, y la gesticulación de cada uno de los Apóstoles: las manos abiertas pidiendo inocencia, los cuerpos inclinados en la especulación y las figuras que operan desde el borde de la mesa.
Cuando Da Vinci pintó La Última Cena, decidió inmortalizar la paranoia. El murmullo, el salvese quien pueda, las miradas de reojo y las manos crispadas. Porque si hay una disciplina que el peronismo tucumano domina con maestría dramática, es la de las lealtades ruidosas y las desconfianzas silenciosas.
Hoy, en el centro de ese fresco político, se sienta el gobernador Osvaldo Jaldo. Al igual que la figura central del cuadro, Jaldo convoca a la “unidad partidaria” de cara al lejano pero obsesivo 2027, mientras sostiene su propia verdad: un pragmatismo dialoguista con el Gobierno de Javier Milei que justifica bajo el dogma de la gobernabilidad y el goteo de fondos nacionales. Él sabe que su giro hacia la Casa Rosada rompió el viejo libreto peronista, y que al lanzar sus directivas a la mesa, las reacciones a su alrededor son tan diversas como los rostros que pintó Da Vinci.
En la mesa jaldista, los roles corporales y políticos calzan a la perfección. A la derecha del conductor se mueve Darío Monteros. El ministro del Interior opera como un “Pedro virtual”: en la obra original, Pedro sostiene un cuchillo oculto detrás de su espalda, listo para saltar ante cualquier amenaza al maestro. Monteros es ese ladero incondicional, el encargado del blindaje territorial en el interior de la provincia, siempre listo para cortar de raíz cualquier atisbo de rebelión y asegurar que la mesa no se mueva.
Cerca de ellos, el lenguaje corporal se vuelve difuso. El vicegobernador Miguel Acevedo representa la ambivalencia de aquellos apóstoles que estiran las manos con palmas abiertas en señal de inocencia, pero cuyos cuerpos se inclinan hacia otra dirección. Acevedo, que llegó a su posición bajo el ala de Juan Manzur, hoy camina sobre la delgada línea de la lealtad institucional jaldista. Jaldo lo ha confirmado para repetir la fórmula gubernamental el próximo año, en un movimiento que en el arte de la política se lee de dos formas: o es una muestra de confianza ciega, o es la milenaria estrategia de mantener al vigilado lo más cerca posible del plato.
En esa misma línea adaptativa se encuentra el legislador Sergio Mansilla, un equilibrista histórico del peronismo que, como esos personajes del cuadro que giran el torso según de dónde venga la luz, posee la capacidad de sobrevivir indemne a cada cambio de época y a cada gobernador de turno.
Sin embargo, el verdadero enigma pictórico y político se sienta en San Miguel de Tucumán. Rossana Chahla es la figura que altera la simetría de la mesa. En el cuadro de Da Vinci, los personajes más intrigantes son los que no revelan sus manos con facilidad o mantienen una postura distante. La intendente capitalina juega al misterio con una destreza que impacienta al jaldismo puro. Llegó a la intendencia de la mano de su mentor, Juan Manzur —el gran ausente de la cena que hoy camina las secciones electorales en las sombras reuniendo dirigentes—, y con el soporte de Carlos Cisneros, el diputado peronista y gremialista que hoy es el crítico más feroz de la estrategia de Jaldo.
Chahla mantiene una relación estrictamente institucional con el gobernador. Es un pacto de convivencia entre dos caracteres fuertes donde ninguno está dispuesto a agachar la cabeza. Pero el gran interrogante que desvela a los comensales es su silencio estratégico de cara al año que viene: ¿Por qué estira la confirmación de su candidatura a la reelección en la capital? ¿Qué especula? Su alta imagen positiva la vuelve una tentación enorme para el manzurismo residual y el cisnerismo, que buscan una figura de peso para desafiar la conducción provincial. En la mesa de Jaldo, el silencio de Chahla se siente como el murmullo de aquellos discípulos que debaten en voz baja mientras el líder habla. Ojo, no vaya a ser que a Jaldo se le acabe la paciencia y ponga un candidato propio a competir en la capital tucumana.
La política de Tucumán ha entrado en esa fase donde ya nadie come tranquilo. Las elecciones generales del próximo año funcionarán como el tamiz definitivo de esta cena. Allí se sabrá quiénes se quedan a sostener el proyecto del gobernador actual y quiénes, al final de la noche, se levantarán de la mesa para pasar la factura en el 2027.
Por ahora, el óleo peronista sigue fresco, las miradas se cruzan en la penumbra y la gran incógnita sigue siendo qué plato decidirá elegir Rossana Chahla.
