La diferencia entre un loco y un genio son los resultados
Por la redacción de SIN CODIGO
La diferencia fundamental entre un loco y un genio no reside en la extravagancia de sus ideas, sino en la efectividad pragmática de sus resultados. Tanto el genio como el loco piensan fuera de la caja, desafían las normas establecidas y proponen visiones que para la mayoría resultan incomprensibles en un primer momento. Sin embargo, el genio acierta y transforma la realidad; el loco, en cambio, se queda atrapado en su propio delirio.
Si aplicamos esta premisa a la historia reciente, Argentina parece haber vivido sumergida en un delirio colectivo durante décadas. Liderada por sectores políticos de una misma matriz ideológica, la nación descendió a niveles de decadencia difíciles de imaginar, con un deterioro corrosivo en lo económico, educativo y cultural. Frente a esta inercia, la llegada al poder de Javier Milei —tildado sistemáticamente de “loco” por sus detractores— planteó un dilema inédito. Lo que hoy atraviesa el país es el inicio de un camino hacia una recuperación sumamente dolorosa, pero recuperación al fin.
¿Qué es realmente un “país normal”?
Para comprender la magnitud del desafío, primero hay que definir el destino. Un país normal no es una utopía inalcanzable, sino el estándar con el que operan la mayoría de las democracias consolidadas del mundo:
Alternancia sin sobresaltos: Una sociedad institucionalmente sana permite que el poder alterne entre la derecha y la izquierda sin que el ciudadano de a pie sufra estragos en su vida cotidiana. La economía se mantiene estable dentro de límites tolerables, la inflación no se dispara, el riesgo país no se desborda y las inversiones no huyen.
El ejemplo regional: Un caso cercano es el de Chile. La transición entre gobiernos de signos ideológicos opuestos ocurrió sin portadas de pánico en la prensa internacional: no hubo caos en las calles, descalabro financiero ni incertidumbre sistémica.
El estándar global: En democracias maduras de Europa o en Estados Unidos, los cambios de gestión son procesos administrativos y políticos habituales. Las reglas de juego trascienden a los nombres de turno.
El monopolio de la gobernabilidad y el archivo del absurdo
En contraste, la política argentina instauró una premisa perversa: da la impresión de que si no gobierna el peronismo, no debería gobernar nadie. Cada vez que una fuerza distinta asume la presidencia, el sistema opera para propiciar su caída o neutralizar cualquier intento de reforma, tal como ocurrió durante la gestión de Mauricio Macri y como se observa intensamente en la actualidad.
Diariamente, un bloque integrado por legisladores opositores, dirigencia sindical, referentes sociales y sectores mediáticos busca boicotear cualquier medida que diste del modelo responsable de la crisis actual. En ese afán, apelan a cuestionamientos insólitos: Descendieron al argumento ad hominem, descalificando la salud mental del Presidente para restarle legitimidad de origen.
Dirigentes como Juan Grabois llegaron a formular acusaciones desproporcionadas de “persecución religiosa”. La CGT mantiene una dinámica de paros y movilizaciones constantes bajo consignas insostenibles, como protestar contra el “endeudamiento familiar”. Bajo esa misma lógica del absurdo, solo faltaría que se le atribuya al Poder Ejecutivo la responsabilidad por la llegada de fenómenos meteorológicos como El Niño.
Paralelamente, la izquierda tradicional sigue ofreciendo los mismos nombres y las mismas recetas ideológicas que han fracasado sistemáticamente a lo largo de los años.
El cambio cultural como único horizonte
En una democracia moderna, la transición entre la izquierda y la derecha debe ser un hecho natural y predecible. Para que Argentina alcance ese grado de madurez institucional deberán pasar años de consistencia política y económica y, sobre todo, una profunda batalla cultural.
Aunque a sus críticos les cueste reconocerlo, existe un proceso de transformación calificado de “disruptivo” o “loco” y está logrando correr el margen de lo posible.
No se trata de un nombre, ni de un partido, simplemente de un proyecto que lleve a la Argentina a la normalidad.
Paradójicamente, quizás sea necesario este quiebre de paradigmas para que el país, por primera vez en mucho tiempo, pueda aspirar a convertirse en un país normal.