Gladys “La Bomba” tucumana ahora llora por culpa de Milei y descubrió que hay pobreza

La mediática ahora se pasea por los medios despotricando contra el Gobierno Nacional. Como muchos otros “artistas” descubrió recién ahora que hay pobres en Argentina. Cuando gozaron de las mieles del poder con los festivales “gratuitos” no se enteraban que había pobreza

Un único hit a fines de los 80 le bastó a Gladys “La Bomba” Tucumana para edificar una carrera. “La Pollera Amarilla” fue el pase de abordaje a un estrellato tropical que, con el paso de las décadas, mutó en un raid interminable por el barro mediático: noviazgos estrepitosos, peleas en realities y lágrimas de utilería en el prime time para estirar una vigencia que en los escenarios ya no cotizaba.

Históricamente ligada al Partido Justicialista y cobijada por los gobiernos de turno en Tucumán, se volvió figurita repetida en los escenarios oficiales cada 9 de Julio. Shows “gratuitos” para la gente, pero facturados al erario público. Sin embargo, el grifo estatal sufrió un corte definitivo con la llegada de Javier Milei y la eliminación de la pauta.

Con una carrera musical que no corta boletos, Gladys probó suerte en el rubro gastronómico en la Ciudad de Buenos Aires -vende empanadas-. Hoy gira por los canales denunciando la crisis económica y amenazando con cerrar su local de empanadas, mientras culpa a la coyuntura nacional de su inminente quiebre.

Según ella, los números no cierran. Segú información, estaría cobrando $60.000 la docena de empanadas tucumanas en un mercado donde cuestan menos de la mitad, ignorando que el problema no es el consumo —con polos gastronómicos porteños y tucumanos trabajando a pleno—, sino su disparatada estrategia de marketing y finanzas.

El patriotismo selectivo: Se autoproclama defensora de la patria y del pueblo, pero discrimina al tildar de poco patriota a todo el que no profese su fe política, el justicialismo.

La memoria corta: El periodista Marcelo Polino, a quien Gladys lo negó como periodista y dijo que solo es un chimentero, lo sintetizó sin anestesia: “En el Gobierno anterior había 7 de cada 10 niños en la pobreza y no vi a ninguno repartiendo empanadas”.

Gladys apela a la memoria emotiva de la doctrina, pero olvida la máxima de que cada uno es arquitecto de su propio destino. El progreso verdadero exige talento, esfuerzo y adaptabilidad al mercado, no el amparo permanente del Estado.

Quizás, si ajustara sus costos al mundo real o probara vender empanadas en su provincia natal, entendería que la culpa no es del Gobierno de turno, sino de seguir esperando que la Patria le pague la cuenta.

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