Una verdad incómoda puede servirle más a un país que una mentira pronunciada con elegancia. La discusión sobre las formas de Milei exige mirar también los hechos, los intereses en juego y los resultados de su gobierno
Sin Codigo Tucumán | Opinión
En la Argentina hay dirigentes capaces de hablar con una delicadeza admirable mientras le explican al ciudadano por qué debe resignarse a vivir peor. Nunca levantan la voz. Nunca pierden la compostura. El problema aparece cuando terminan de hablar y llega la cuenta.
Por eso, cuando se discuten las formas de Javier Milei, conviene ampliar la pregunta: ¿qué significa respetar a una sociedad?
¿Hablarle suavemente? ¿O decirle la verdad, administrar responsablemente sus recursos y responder por las consecuencias de las decisiones?
Los hechos y los resultados deberían pesar más que los modales. Una mentira dicha con buenos modales sigue siendo una mentira. Una verdad expresada con crudeza puede ser desagradable, pero también necesaria.
La cortesía es valiosa. La honestidad lo es mucho más.
El respaldo a la firmeza de Milei puede entenderse desde esa convicción. No hace falta considerar acertado cada insulto para reconocer que enfrentar intereses políticos y económicos arraigados exige determinación. Tampoco es necesario celebrar todas sus expresiones para advertir que parte de la discusión sobre sus palabras puede funcionar como una manera de esquivar lo que esas palabras cuestionan.
Cuando alguien señala un privilegio, resulta mucho más cómodo discutir su tono que explicar cómo se obtuvo ese privilegio.
Las formas pueden expresar respeto, pero también pueden servir de envoltorio a la hipocresía.
Un funcionario puede perjudicar a millones sin pronunciar una mala palabra. Un dirigente puede defender un beneficio injustificable con una sonrisa. Un empresario puede pedir protección estatal invocando solemnemente el interés nacional.
El volumen de la voz dice poco sobre la calidad moral de una decisión.
En la vida privada, cuidar las formas ayuda a sostener vínculos. En el gobierno de un país, además, hay que tomar decisiones sobre recursos, derechos y responsabilidades. La amabilidad merece reconocimiento, pero no puede reemplazar la evaluación de una gestión.
La lección que dejó Macri
Mauricio Macri apostó por un estilo más moderado. Esa moderación no evitó los graves enfrentamientos de diciembre de 2017, cuando el debate de la reforma previsional estuvo acompañado por pedradas, choques con las fuerzas de seguridad y numerosos heridos en las inmediaciones del Congreso.
Aquel episodio permite advertir un límite de la confianza en los buenos modales como protección política: hablar con corrección no asegura que el adversario responda del mismo modo.
Eso no explica por sí solo la derrota electoral de Macri. Su gestión también debe evaluarse por sus decisiones y resultados. Pero permite discutir una ilusión: que un gobierno podrá desactivar cualquier conflicto simplemente mostrando disposición al diálogo.
El diálogo necesita interlocutores dispuestos a dialogar. Cuando una parte utiliza la presión para impedir que la otra gobierne, la cordialidad resulta insuficiente.
El zorro y el león
Maquiavelo ofrece una imagen útil en el capítulo XVIII de El príncipe: el gobernante necesita las capacidades del zorro para reconocer las trampas y las del león para enfrentar a los lobos. La fuerza sin inteligencia puede caer en una emboscada; la astucia sin capacidad de defenderse puede resultar impotente.
Trasladada a una democracia, esa idea exige inteligencia política, capacidad de negociación y determinación para hacer cumplir decisiones legítimas.
Frente a un actor corrupto, autoritario o dispuesto a intimidar, hace falta reconocer sus métodos y neutralizarlos. Combatir la corrupción exige firmeza, pruebas y justicia; copiarla destruye aquello que se pretende defender.
La igualdad necesaria está en la capacidad de disputar poder, resistir presiones y sostener una posición. Un gobierno democrático tiene que hacerlo dentro de la ley.
Los intereses también discuten
Desde esa perspectiva puede entenderse la confrontación de Milei. Una lectura política de las resistencias que enfrenta debe contemplar los intereses que pueden verse amenazados por los cambios que propone.
La política, las estructuras sindicales, los medios y el empresariado deben poder ser examinados por los beneficios que reclaman y las relaciones que mantienen con el Estado. Una pauta publicitaria, una protección comercial o una estructura financiada con recursos públicos merecen escrutinio, aunque sus beneficiarios hablen con impecable corrección.
Pero sería poco serio atribuir una misma intención a toda la oposición, todos los gremios, toda la Iglesia o todo el periodismo. Hay críticas legítimas y desacuerdos honestos. También debe haber espacio para señalar errores del Gobierno.
Llamar “ensobrado” a un periodista no demuestra que haya cobrado por opinar. Si existe una acusación concreta, debe sostenerse con evidencia. Precisamente porque los hechos deben tener prioridad, ese criterio también debe aplicarse al Presidente.
Firmeza, con resultados
La conducta política de Milei permite interpretar que considera la resistencia a las presiones una condición para sostener el programa para el cual fue elegido. Su disposición a enfrentar conflictos constituye una fortaleza cuando sirve para defender decisiones legítimas y evitar que los intereses particulares condicionen al Gobierno.
Su continuidad y una eventual reelección dependerán de los resultados y de los ciudadanos; ninguna actitud las garantiza.
El carácter puede ayudar a sostener un rumbo. La gestión tiene que justificarlo.
La discusión sobre el respeto merece entonces una vara más exigente. Incluye las palabras, pero también el uso del dinero público, la honestidad de las explicaciones y la responsabilidad frente a quienes soportan las consecuencias.
Una verdad incómoda dicha a tiempo puede ser más respetuosa con la sociedad que una mentira servida con buenos modales.
Porque un país puede sobrevivir a una frase áspera. Lo que le resulta mucho más difícil es recuperarse de años de engaños pronunciados con una sonrisa.