Una sentida reflexión sobre la realidad provincial. Sin acusar a un político o partido en particular, pero sí un llamado en general
Por la redacción de SIN CODIGO
Hay un punto ciego en la política local donde los vecinos de siempre, aquellos con los que cruzábamos un saludo en la vereda o compartíamos el mismo café, se transforman. Cruzan la puerta del despacho oficial y, sin importar la bandera, la ideología o el discurso de campaña, parecen asumir el trono de un reino ficticio.
La pregunta que quema en la garganta de miles de familias en nuestra provincia es tan simple como dolorosa: ¿cuándo perdieron la empatía?
Tucumán arrastra desde hace décadas una paradoja histórica. Fuimos el Cuna de la Independencia, el motor del Norte Grande, una tierra bendecida por su geografía y la calidez de su gente. Sin embargo, nos acostumbramos a convivir con un paisaje urbano y social desgarrado: infraestructuras colapsadas, servicios básicos deficientes y un atraso estructural que contrasta brutalmente con el crecimiento patrimonial de sus dirigentes (cualquier color político). La ecuación parece repetirse mandato tras mandato: políticos ricos, pueblo pobre.
La ambición como única bandera
Resulta difícil precisar el momento exacto en que la vocación de servicio fue sustituida por el afán de acumulación. Hoy, para el ciudadano de a pie, la actividad política se percibe como una industria del beneficio personal donde el poder no se utiliza para transformar realidades, sino para construir escudos de impunidad y acumular el capital necesario para doblegar cualquier obstáculo institucional.
El verdadero problema no es solo la falta de recursos, sino la pérdida del amor por la patria chica. ¿En qué momento el progreso de la provincia dejó de ser el objetivo para convertirse apenas en el decorado de un proyecto personal?
El divorcio de la realidad: Mientras las familias tucumanas reniegan con el agua potable, la inseguridad en las calles o el transporte público, la clase dirigente habita un microclima de caravanas, asesores y privilegios aislados de la vida real.
El uso de la necesidad: La degradación del sistema educativo no es un accidente; es el terreno fértil que permite postergar a la sociedad y mantenerla dependiente de la asistencia electoral ciclo tras ciclo.
El legado olvidado: Gobernar debería ser la oportunidad de dejar una marca de bienestar para las próximas generaciones —para los propios hijos y nietos que caminarán estas mismas calles—. Hoy, el único legado computable parece ser el saldo bancario.
Transformar la realidad no cuesta tanto
Llegar al poder otorga herramientas colosales. Con voluntad política firme y decisiones presupuestarias honestas, cambiar la calidad de vida de un barrio o devolverle la dignidad a un servicio básico no es una hazaña imposible; es cuestión de prioridades. Hacer feliz a una comunidad postergada no requiere milagros económicos, requiere decencia y sensibilidad.
Los tucumanos no pedimos imposibles. Merecemos la infraestructura mínima para vivir con dignidad, ciudades funcionales, trabajo genuino y la certeza de que el esfuerzo cotidiano rinde sus frutos. Nos merecemos, sencillamente, una vida mejor.
Ojalá que esta bendita tierra vuelva a parir dirigentes que entiendan el poder no como una corona, sino como un servicio; que prefieran ser recordados por el progreso de su gente antes que por la opulencia de sus bolsillos.
Tucumán sigue esperando a alguien que la ame de verdad.