Una mirada sobre la presidencia de Lisandro Catalán, de La Libertad Avanza de Tucumán. “El liderazgo no se declama, se construye, y sobre todo, se valida en la práctica”
Por Facundo Vergara
La cuestión del liderazgo es abordada por múltiples disciplinas como la psicología, la sociología y, desde luego, por la teoría política. Entre otras, tales ramas del saber, intentan desentrañar por qué algunos individuos conducen con eficacia mientras otros apenas administran estructuras que se desploman. Desde los enfoques centrados en las características de personalidad hasta los que analizan la legitimidad o el contexto del líder, hay un aspecto que debe resaltarse: el liderazgo no se declama, se construye, y sobre todo, se valida en la práctica. A partir de este marco enfoquemos la mirada sobre el caso que hoy se expone con crudeza en el interior de La Libertad Avanza en Tucumán, cuya conducción recae en la figura de Lisandro Catalán.
Un rumbo incierto
Desde su desembarco como titular del espacio libertario en la provincia, lejos de consolidar una fuerza emergente con vocación competitiva, comenzaron a evidenciarse fisuras internas. Lo que pudo haber sido un proceso natural de ordenamiento partidario derivó rápidamente en una dinámica de exclusión, tensiones y salidas. Dirigentes que, en su momento, se habían acercado con la intención de construir una alternativa opositora al peronismo tucumano terminaron desplazados —o autoexcluidos— de un armado que parecía no tener lugar para la disidencia ni para la construcción colectiva.
Los nombres no son menores. Los legisladores José Macome y José “Pepe” Seleme, el ex intendente de Bella Vista, Jorge Salazar, y el diputado nacional Mariano Campero, entre otros, fueron parte de un proceso de desgaste que se volvió recurrente. A ellos, se suman decenas de militantes libertarios que, sin visibilidad mediática, también fueron quedando en el camino. En términos organizacionales, lo que se consolidó no fue una estructura en expansión, sino un núcleo cada vez más reducido y homogéneo.
Así las cosas, el punto de inflexión parece haber llegado con el reciente distanciamiento de Gastón García Zavalía, quien a principio de esta semana “pateó el tablero” y presentó una línea interna denominada “Libertad y Compromiso” para disputar el liderazgo partidario. Este hecho no solo formaliza el conflicto sino que revela algo más profundo, como lo es la disputa por el sentido y la conducción de un espacio que, en teoría, debería capitalizar el impulso nacional del fenómeno libertario.
Cualquiera puede ser político, no cualquiera es líder
Como señala el escritor Gerardo Laveaga, “ser político es relativamente fácil; cualquiera puede ser político, pero utilizar la política como herramienta para construir una comunidad, para dotarla de sentido, para transmitir esperanza, visión, etc., muy pocos lo han logrado”. La cita no es casual; permite distinguir entre quien ocupa un cargo y quien ejerce liderazgo. En ese sentido, la experiencia de Catalán parece más cercana a lo primero que a lo segundo.
Aquí resulta pertinente destacar una distinción clásica de Max Weber: la diferencia entre el liderazgo formal —basado en la autoridad institucional— y otras formas de legitimidad, como la carismática. Catalán ostenta una jefatura formal dentro del partido, pero carece, al menos lo demostrado hasta ahora, de los atributos que convierten esa posición en conducción efectiva. Su poder emana más de una designación que de una construcción.
En contraste, el fenómeno libertario a nivel nacional se explica en gran medida por el liderazgo carismático de Javier Milei. Su figura no solo ordena el espacio, sino que le otorga identidad, narrativa y proyección. Ese “liderazgo de oportunidad”, potenciado por la marca presidencial, funciona como un activo político de gran potencial. Sin embargo, trasladar ese capital simbólico al plano provincial requiere algo más que alineamiento discursivo; exige capacidad de articulación, inclusión y estrategia. Y es precisamente ahí donde el caso tucumano muestra sus falencias.
Una apuesta poco clara
La fragmentación interna de La Libertad Avanza en Tucumán debilita la posibilidad de consolidar una alternativa competitiva de cara a 2027, pero además, abre una pregunta inevitable: ¿a quién beneficia este escenario?
La respuesta, al menos en el corto y mediano plazo, parece inclinarse hacia el oficialismo provincial encabezado por Osvaldo Jaldo. Un espacio opositor dividido, sin liderazgo claro y con disputas internas, reduce su capacidad de poder real en vista a los comicios del próximo año. La fragmentación libertaria local no solo diluye votos potenciales, sino que también desactiva la posibilidad de construir una narrativa alternativa consistente frente al peronismo tucumano.
En términos estratégicos, lo que debería ser una fuerza en expansión, corre el riesgo de convertirse en un actor marginal, más ocupado en sus conflictos internos que en interpelar al electorado. Y en política el vacío no existe; lo que uno no construye, otro lo capitaliza.
Hoy Catalán enfrenta un dilema que excede su figura personal. O logra reconvertir su conducción ampliando el espacio y puliendo las diferencias internas, o quedará registrado como un caso más de liderazgo fallido. Así las cosas, podemos sostener que tuvo la oportunidad —y el contexto— para construir poder, pero no logró hacerlo. En definitiva, el liderazgo político no se mide por el control de una estructura, sino por la capacidad de proyectarla. En Tucumán, al menos por ahora, esa proyección sigue siendo una promesa incumplida. Como solía decir el gran periodista deportivo Guillermo Nimo: “Por lo menos, así lo veo yo”.
