Nuevas estrategias médicas proponen detectarla de forma temprana, incorporar el apoyo familiar y dar prioridad a la calidad de vida de los pacientes
Cuando escuchamos la palabra Parkinson de manera general pensamos en una enfermedad con una imagen dominante: una mano que tiembla. Esa imagen hoy ya resulta limitada y la mirada médica está dirigida hacia un espacio conceptual más amplio y menos visible.
En este constructo más amplio, la idea es que la enfermedad puede empezar años antes de la exteriorización motora, con indicadores, signos y síntomas aparentemente desconectados entre sí, como la pérdida del olfato, constipación, trastornos del sueño, cambios del ánimo, hipotensión, y demás indicadores neurovegetativos. En general, estos fueron subestimados o evaluados de manera aislada. Este cambio de paradigma puede ser una de las claves más importantes del presente del Parkinson.
En el Día Mundial del Parkinson 2026, la Asociación Europea de Parkinson proponga como lema del año “Generar puentes en la brecha de cuidados”.
La consigna que puede parecer difusa apunta a salir de un modelo tradicional, donde ya no alcanza con diagnosticar y medicar, es decir, detectar la rigidez y el temblor y adjudicarle un fármaco, sino que hay que pensar en otros aspectos más como el seguimiento, el apoyo familiar, la rehabilitación, los síntomas no motores, como son los cognitivos y emocionales y, de manera general, la calidad de vida.
Es decir, el problema no es sólo neurológico en un sentido tradicional, sino de salud general, y también sanitario, social y organizacional. Esta mirada es incorporar no solo que el Parkinson no comienza necesariamente cuando aparece el temblor, sino que implica recordar algo que a menudo queda relegado: nunca fue sólo una patología del movimiento.
Un estudio publicado en el British Medical Journal proyectó que para 2050 habrá 25,2 millones de personas viviendo con Parkinson en el mundo. Esto implica un aumento del 112% respecto de 2021.
Esto obliga a pensar que incluso si la ciencia avanzara con suma rapidez sostenida por modelos de investigación asistidos por inteligencia artificial, la magnitud del problema ya obliga a pensar en sistemas de salud, redes de cuidado y políticas de largo plazo. Es decir, excede el campo exclusivamente médico.
Este pronóstico del crecimiento poblacional de personas afectadas lleva a pensar que el gran campo del Parkinson, así como en otros temas de salud, quizá no sea solo encontrar una cura que implique un cambio, sino lograr que esos millones de casos -potenciales o reales- lleguen antes al diagnóstico, reciban una atención menos fragmentada y no queden reducidas a una visión parcial.
De hecho, la propia Organización Mundial de la Salud insiste en que la enfermedad incluye síntomas motores y no motores, con altas tasas de discapacidad y necesidad de cuidados, y que muchas personas desarrollan también deterioro cognitivo o demencia en el curso de la enfermedad.
James Parkinson presentó en 1817 un trabajo titulado “Ensayo sobre la parálisis agitante”. Quizás allí este la clave: salir de la idea de parálisis. Quizás todo se trate de que esa mirada nueva implique pesar en Parkinson de una menara menos estática. No como esa imagen rígida de una enfermedad paralizante con temblor y un tratamiento fijo, sino como un campo dinámico en plena transición.
El saber y entender más las fases iniciales, poder diagnosticarlo antes, implica modelos de abordaje más amplios y dinámicos. Sabemos más sobre sus fases tempranas y estamos intentando diagnosticarlo antes. Se están ensayando formas más inteligentes de tratarlo. Salir de esa parálisis implica una nueva conciencia de que el verdadero desafío no es sólo biomédico, sino profundamente humano: reconocer antes, acompañar mejor y no esperar al temblor para empezar a ver la enfermedad.
Con información de Dr. Enrique De Rosa Alabaster, Infobae
