Tucumán bajo el agua, Tucumán dice basta: cuando la lluvia deja de ser tragedia natural y pasa a ser desidia política

Este verano llovió más de lo normal? Sí. Pero el problema no es que llueva, el problema es que cada vez que llueve, mucho o poco, la provincia colapsa desde hace décadas. Y eso no es el cielo: eso es la tierra mal gestionada

Por SIN CODIGO

Otra vez. Siempre otra vez. Como si fuera parte del paisaje, como si la resignación fuese política de Estado. Tucumán se volvió a inundar, pero esta vez ya no alcanza con hablar de lluvias intensas, de fenómenos climáticos o de eventos “extraordinarios”. Este año rompió todos los parámetros: daños materiales incalculables, barrios enteros bajo agua, familias que lo perdieron todo y, lo más doloroso, vidas truncadas.

Al menos una decena de muertos, en toda la provincia, desde que empezaron las lluvias. Y este sábado, la gota —o mejor dicho, el torrente— que colmó el vaso social: tres muertes que duelen y que indignan. Un chico de 12 años, electrocutado. Una pareja joven, de 28 y 32 años, arrastrada por un canal dentro de su auto. Dos hijos que quedaron huérfanos. No es una estadística. Es el resultado de décadas de abandono.

Porque esto ya no es una tragedia natural. Es una tragedia política.

Basta de excusas. Basta de culpar al clima, al Gobierno anterior, al actual o al que vendrá. Basta de esconder la inoperancia detrás de discursos vacíos. En Tucumán llueve, sí. Pero el problema no es que llueva: el problema es que cada vez que llueve, la provincia colapsa. Y eso no es el cielo: eso es la tierra mal gestionada.

Décadas de gobiernos que administraron miles de millones sin que nadie pueda explicar con claridad en qué se invirtieron. Décadas sin obras de infraestructura serias, sin planificación hidráulica, sin previsión. Décadas en las que la política eligió el corto plazo electoral por sobre las soluciones estructurales.

El modelo es siempre el mismo: después del desastre, aparece el “Estado presente”. Camiones con mercadería, colchones, chapas, bolsones de comida. La foto. El parche. La limosna institucionalizada. Pero la pregunta es incómoda y necesaria: ¿no sería más digno —y más eficiente— un Estado presente antes de la tragedia? ¿Un Estado que invierta en obras que eviten que la gente pierda todo, incluso la vida?

No hay plata, repiten ahora como un mantra. Pero sí hay plata para sostener estructuras políticas sobredimensionadas. La Legislatura tucumana entre las más caras del país. El Concejo Deliberante capitalino, el más caro del país, que parecen más diseñados para la rosca que para la gestión. Cargos, asesores, privilegios. Plata hay. Lo que no hay es decisión de usarla donde importa.

Y mientras tanto, la interna política sigue: nombres que van y vienen, alianzas que cambian según la conveniencia, peleas que no le mejoran la vida a nadie. Discusiones estériles mientras el agua entra por las puertas de las casas.

La realidad es brutal: en Tucumán, cuando llueve, la gente se muere. Y no debería ser normal. No puede ser normal. No es normal.

La muerte de ese niño, la de esa pareja, no son solo consecuencia de una tormenta. Son consecuencia de la desidia, de la negligencia, de la falta de planificación y de una política que hace años decidió mirar para otro lado.

Ya no alcanza con la bronca. Hace falta responsabilidad. Hace falta gestión. Hace falta que quienes gobiernan —y quienes gobernaran— entiendan que no están administrando cargos, están administrando vidas.

Basta de payasadas. Basta de un “Estado presente” que llega tarde y mal. Basta de hacer política pensando en la próxima elección mientras la gente vive —y muere— en la emergencia permanente.

Tucumán no necesita más discursos. Necesita obras. Necesita decisión. Necesita, de una vez por todas, políticos a la altura de una tragedia que ellos mismos ayudaron a construir.

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