En esta semana de la Patria, donde se conmemoran los 210 años de la Declaración de la Independencia Argentita es un momento oportuno para reflexionar el poco favor a los próceres que le hacen la mayoría de los políticos, no solo actuales sino desde hace décadas. El caso de la UNT
Por Enzo Perea para SIN CODIGO
Cada julio, Tucumán se viste de fiesta. Las banderas celestes y blancas inundan las calles, los discursos oficiales ensalzan la gesta de 1816 y el eco del Himno Nacional resuena en la Casa Histórica para conmemorar la Declaración de nuestra Independencia. Sin embargo, detrás del cotillón patrio y las luces de los palcos oficiales, la realidad nos impone una incómoda e ineludible reflexión: ¿Qué tan lejos han quedado los valores de aquellos hombres que entregaron su vida y su hacienda para fundar una Nación Libre y Soberana?
Al observar a la dirigencia política que ha gobernado el país —y a nuestra provincia en particular— durante las últimas décadas, el contraste es desolador. A la luz de los resultados —pobreza estructural, decadencia institucional y promesas rotas—, queda claro que de patriotas no tienen nada. Por el contrario, asumiendo el peso de las palabras, su accionar se asemeja peligrosamente al de auténticos antipatriotas. Esto es transversal en el país y toca a todos los partidos políticos.
Servir a la Patria vs. Servirse de ella
El patriotismo no es un mero sentimiento folclórico ni la asistencia obligada a un Tedeum; es un vínculo ético y emocional de lealtad hacia la historia, la cultura y los conciudadanos. Se traduce en el deseo genuino de contribuir al bienestar común y respetar las leyes de la República. Si bien este compromiso debería alcanzar a cada habitante, la exigencia se vuelve absoluta para quien ejerce un cargo público en cualquiera de los tres poderes del Estado o en sus instituciones.
El verdadero patriota es aquel que decide servir a su país para mejorarlo; el dirigente contemporáneo, en cambio, parece elegir el poder para servirse de él y de los ciudadanos.
Cuando la prioridad de un gobernante pasa a ser su propio enriquecimiento o la perpetuación de sus privilegios corporativos, rompe el contrato social y traiciona el mandato delegado por el pueblo.
Durante décadas, se nos ha intentado convencer de que el atraso del país, o del mismo Tucumán, responde a una “crisis económica eterna” e inevitable. Pero es hora de desarmar el relato: ¿es un problema de caja o es una alarmante falta de patriotismo? Si el amor a la patria fuera el motor de la gestión, las inversiones para mejorar la vida de los argentinos, y tucumanos en particular, se reflejarían en infraestructura, salud y educación, y no en los patrimonios privados de quienes toman las decisiones.
La ambición llega a los claustros
Esta degradación moral y falta de desprendimiento no es exclusiva de los partidos políticos tradicionales; ha calado también en instituciones que deberían ser faros de ética y civismo. El caso reciente de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) funciona como una radiografía perfecta de esta voracidad por el poder.
Sabiendo que el estatuto universitario es explícito y prohíbe taxativamente que el rector y vicerrector permanezcan en el cargo por más de dos períodos consecutivos, las autoridades salientes antepusieron su ego a la norma. En su afán por forzar un tercer mandato, el resultado está a la vista: una Universidad judicializada, paralizada y despojada de toda certidumbre electoral. Eso no es defender la institución; es ambición desmedida. Tener patriotismo también significa saber cuándo soltar, respetar los límites de la ley y dar un paso al costado.
El espejo de la vergüenza
Lamentablemente, ejemplos como el de la UNT se replican en los tres poderes del Estado, donde el engaño al pueblo y la conservación de los fueros cotizan más alto que el bienestar general.
Que esta semana patria, al conmemorarse un nuevo aniversario de aquella declaración histórica en nuestra pequeña gran ciudad, sirva como un severo llamado de atención. Cuando las autoridades locales y nacionales se paren frente a los retratos de los congresales de 1816 a dejar sus ofrendas florales y discursos de ocasión, deberían sentir, al menos por un instante, un profundo sentido de vergüenza.
El legado de grandeza de hace más de dos siglos les queda gigante a quienes hoy administran la miseria en beneficio propio. Es hora de exigir una dirigencia a la altura de nuestra historia.
