Bancadas del Congreso presentaron cinco candidatos para suceder al ahora ex mandatario y este jueves, desde las 18 horas, se conocerá quién será el octavo Presidente (Interino) de la República
Por SIN CODIGO
La crisis política en Perú sumó un nuevo capítulo. El Congreso destituyó hoy al Presidente Interino José Jerí, quien había asumido hace apenas unos meses tras la salida de Dina Boluarte.
Con su caída, el país alcanza una cifra alarmante: ocho presidentes en diez años, una inestabilidad que ya no parece excepcional sino estructural.
Un interinato breve y marcado por denuncias
José Jerí había llegado al poder en un contexto de extrema fragilidad institucional. Su designación fue presentada como una salida transitoria para descomprimir la crisis abierta tras la destitución de Boluarte. Sin embargo, su gestión quedó rápidamente atravesada por cuestionamientos políticos y denuncias que erosionaron su respaldo en el Congreso.
Al igual que sus antecesores, enfrentó acusaciones vinculadas a presuntas irregularidades administrativas y conflictos de poder con el Parlamento. Finalmente, el Congreso volvió a activar la figura constitucional de la “vacancia por incapacidad moral permanente”, el mismo mecanismo que en los últimos años se convirtió en una herramienta recurrente para remover presidentes.
Su paso por el poder fue breve, pero suficiente para confirmar que la crisis no era solo de nombres propios, sino de funcionamiento institucional.
Una cadena que no se corta
La destitución de Jerí se suma a una larga lista de presidentes que no lograron terminar su mandato:
• Pedro Pablo Kuczynski (renunció en 2018 en medio del caso Odebrecht).
• Martín Vizcarra (destituido en 2020).
• Manuel Merino (renunció tras masivas protestas).
• Francisco Sagasti (presidente de transición).
• Pedro Castillo (destituido tras intentar disolver el Congreso).
• Dina Boluarte (removida en medio de investigaciones).
• Y ahora, José Jerí.
La repetición del esquema revela un patrón: presidentes que asumen debilitados, enfrentan denuncias y terminan desplazados por el Parlamento.
¿Por qué ocurre esto?
Perú combina partidos políticos frágiles, alta fragmentación parlamentaria y un mecanismo constitucional —la “incapacidad moral permanente”— que permite amplias interpretaciones. En la práctica, el Congreso ha utilizado esta herramienta como instrumento de presión y control político.
A esto se suma un sistema judicial activo en la investigación de casos de corrupción, lo que ha dejado al descubierto redes y prácticas que involucraron a distintos gobiernos.
El resultado es una democracia que ejerce controles, pero que no logra estabilidad.
¿Es saludable este mecanismo?
Desde lo formal, sí: el procedimiento está previsto en la Constitución y forma parte del equilibrio de poderes. Pero su uso reiterado plantea una pregunta incómoda: cuando la excepción se convierte en norma, ¿no se debilita la propia institucionalidad que se busca proteger?
La destitución de José Jerí vuelve a instalar ese debate. No se trata solo de si hubo o no causales suficientes, sino del impacto acumulativo de crisis sucesivas que erosionan la confianza ciudadana.
La paradoja peruana
En medio de esta tormenta política permanente, la economía peruana se mantiene relativamente estable. La solidez del Banco Central, la disciplina fiscal y un modelo económico que ha trascendido gobiernos explican por qué los mercados no reaccionan con la misma intensidad que la política.
Perú vive así una paradoja singular: turbulencia en el poder, estabilidad en los números.
Pero la pregunta de fondo persiste: ¿Cuánto tiempo puede sostenerse esa dualidad?
La caída de José Jerí no es un hecho aislado. Es un nuevo eslabón en una cadena que, hasta ahora, no encuentra punto final.
