Miles de fieles ascendieron hasta el santuario de la Virgen más alta de mundo. Este Domingo de Ramos la bajan en una procesión multitudinaria hasta la ciudad de Tumbaya. La ceremonia convoca anualmente a 150.000 peregrinos
El fenómeno se repite cada año allá donde la cúspide del cerro roza el umbral del cielo. La Virgen de Punta Corral esperó en su santuario a 4.200 metros de altura que decenas de miles de fieles acudieran a adorarla, para luego bajarla este Domingo de Ramos en procesión solemne y sonora hasta su templo en la ciudad quebradeña de Tumbaya, en Jujuy.
El culto, que pronto cumplirá dos siglos, tiene como rasgo saliente el sacrificio. En los días previos, los peregrinos de todas las edades caminan estoicos durante 12 horas para ascender los 22 kilómetros que los separan del abra donde los aguarda la Virgen. Escalan por abruptos senderos rocosos, bordeando temibles precipicios. “Trepan los cerros, los promesantes, solo por verte en tu altar”, describe la canción desde la voz de Los Cantores del Alba.

La mayoría marcha con la espalda abrumada por el agobio de la mochila cargada con agua y alimentos, la bolsa de dormir y la carpa bajo la que pernoctarán cerca de la que llaman con familiaridad “La Mamita del Cerro”, para cargarla en hombros al día siguiente en la bajada hasta Tumbaya. Los hombros soportan también el peso de los sikus, bombos y otros instrumentos de las bandas que musicalizarán el descenso. Son 150 de entre 10 y 20 integrantes cada una.
La Historia
Caminan con abnegación entre las piedras, y en el origen antiquísimo del culto hay una historia avalada por la fe con una visión sobrenatural y una piedra sagrada. Se llamaba Pablo Méndez el pastor que relató que mientras cuidaba sus animales en las alturas de Punta Corral, se le apareció una señora de cabellera reluciente que le habló y le pidió que volviera el día siguiente a buscarla.
Dice la historia que cuando Méndez contó en el pueblo lo sucedido nadie le creyó, y que al volver al día siguiente, halló una piedra en cuya configuración descubrió rasgos de la Virgen de Copacabana, patrona del Altiplano. Llevó la piedra a la capilla del lugar, y el párroco también reconoció el parecido. La piedra quedó en el templo, pero al poco tiempo desapareció. El pastor fue acusado de sustraerla, pero proclamó su inocencia. Entonces decidieron trasladarse hasta el lugar de la aparición, y para sorpresa y admiración de todos… allí estaba la piedra.

El fenómeno fue interpretado como el deseo de la Virgen de permanecer en el lugar. La noticia se extendió y llegaron cada vez más devotos. Entonces se levantó allí un santuario hacia el que los lugareños comenzaron a peregrinar en forma creciente. Fue en 1835. En nueve años, se cumplirán dos siglos, y la convocatoria se multiplicó convirtiéndose hoy en multitudes que llegan y pernoctan en las vísperas del domingo de Ramos formando con sus carpas una colorida, luminosa e inmensa “Ciudad de María”.
Es un gran movimiento de masas, pero al llegar ante la imagen con los pies cansados y el alma llena de esperanza, cada uno siente que está a solas y en comunión con la “Mamita” en la que confían. Por eso, como refleja la canción, a Ella y sólo a Ella … “a vos solita cuento mis penas, Virgen de Punta Corral”.
Con información de Julio Bazán
