La maestra rural que pone plata de su bolsillo para mantener abierta la escuela de su infancia y cuenta con 9 alumnos

A un año de jubilarse, a pura vocación y de su propio bolsillo, Mirta Celina Cardoso se multiplica como docente, directora y portera en la Escuela N°7 “Calá”, en Entre Ríos

Viaja diariamente 20 kilómetros por caminos de tierra y financia insumos esenciales para asegurar el futuro de sus nueve alumnos.

Poco antes del mediodía, cuando el sol empieza a quebrar la calma del paisaje entrerriano, Mirta Celina Cardoso pone en marcha su auto. No es un viaje más, ni una rutina que el desgaste de los años haya logrado mitigar. Frente a ella se extienden 20 kilómetros de la Ruta Provincial 13, un trazado de tierra que une la ciudad cabecera de Nogoyá con el Distrito Sauce.

Cuando la lluvia arrecia, ese mismo camino se transforma en una trampa de barro intransitable; cuando hay sequía, el polvo lo inunda todo. Sin embargo, al final del sendero aguardan las paredes blancas de la Escuela Rural N 7 “Calá”, el lugar donde Mirta no solo trabaja, sino el sitio exacto donde creció y se educó.

Mirta se recibió de docente en 1997. Sus primeros pasos en la profesión la llevaron a 100 kilómetros de su hogar, en Crucecita Séptima, una experiencia que evoca con la voz quebrada por la emoción de los inicios sacrificados: “Me fui con mi marido y teníamos en ese momento un nenito, mi hijo Martín, que era chiquito, tenía un añito, a él lo dejaba con los abuelos”. El tiempo, las vueltas de la vida y su inquebrantable arraigo la trajeron de regreso a sus raíces.

Hoy, con más de una década de trayectoria en la institución, ostenta un título tan noble como complejo: es “personal único”.

El desafío del aula plurigrado

Cruzar el umbral de la Escuela N°7 implica entender la educación pública rural en su máxima expresión de resistencia. A las 12:30 en punto, las tareas se activan bajo la estricta y solitaria responsabilidad de Mirta. Ella abre el establecimiento, barre, limpia, recibe a los niños e iza la bandera junto a ellos. No hay personal de maestranza, ni secretarios, ni un equipo directivo. Mirta es, en simultáneo, la portera que mantiene limpio el lugar, la directora que gestiona los papeles institucionales y la maestra frente al aula.

El único salón disponible de la escuela alberga un universo dinámico y heterogéneo: el aula plurigrado. Actualmente, la matrícula se compone de nueve alumnos activos de distintas edades. Tres de ellos pertenecen al nivel inicial (de cuatro y cinco años), mientras que los seis restantes cursan la primaria, distribuidos entre tercero, cuarto y sexto grado.

“Están todos juntos en el mismo salón, en el mismo aula. Los chiquitos de nivel inicial tienen su mesita, hacen sus trabajitos ahí”, explica la docente sobre una ingeniería pedagógica diaria que requiere tanta paciencia como planificación para que nadie se quede atrás.

Sostener el aula con el propio bolsillo

Llevar adelante una institución de estas características implica desafíos que exceden por completo lo pedagógico. La deserción del Estado se hace palpable en las carencias edilicias y de infraestructura básica. La escuela no cuenta con computadoras de escritorio, televisores ni equipos de sonido. Incluso el acceso a internet —herramienta indispensable en pleno Siglo XXI— no proviene de un tendido oficial, sino que es financiado de forma mancomunada por el esfuerzo de las propias familias de la zona.

La alimentación y los recursos didácticos también entran en una zona de desprotección. Al no contar con un servicio de comedor formal, Mirta asume la tarea de asegurar el refrigerio diario mediante un refuerzo alimentario que ella misma gestiona y traslada en su vehículo: “Con eso yo les llevo siempre una viandita, ya sea una merienda o un desayuno porque es rotativo el horario también”, relata.

Cuando el presupuesto oficial no llega o las urgencias cotidianas apremian, Mirta no duda en abrir su propia billetera. Cartulinas, afiches, tizas o pequeñas reparaciones del edificio escolar suelen ser costeados directamente por ella. “Siempre uno está pensando en su escuela, en que esté bien, y siempre que se puede colaborar uno lo hace sin pensar. Ya sea para comprar materiales para los chicos, ya sea porque se rompió algo. Siempre uno está pensando en el bienestar de la escuela”, reconoce con una naturalidad que conmueve, matizando que la cooperadora escolar, conformada a pulmón por los padres, complementa el esfuerzo en la medida de sus posibilidades.

Una comunidad unida ante el olvido

La geografía rural impone sus propias barreras. Algunas de las familias residen a casi 10 kilómetros del establecimiento. En una zona surcada por caminos vecinales de tierra, las distancias se vuelven peligrosas para que los niños se movilicen solos. Consciente de este peligro, la docente ha iniciado gestiones administrativas para conseguir un transporte escolar que garantice la asistencia perfecta de su pequeño grupo de estudiantes.

A pesar del aislamiento geográfico y tecnológico, lo que mantiene en pie a la Escuela “Calá” es el tejido humano. El vínculo entre la maestra, los alumnos y sus padres funciona como un blindaje contra el desánimo. Los chicos caminan largas distancias, pero cumplen puntualmente con sus deberes; las familias no tienen recursos de sobra, pero cuidan la escuela como si fuera su propia casa.

Próxima a finalizar su carrera formal en las aulas, con la perspectiva concreta de jubilarse el año entrante, Mirta Cardoso prefiere esquivar la queja y aferrarse al orgullo de la tarea cumplida en el mismo suelo que la vio nacer. Su balance final es una lección de vocación pura: “Yo me siento muy bien porque estoy muy acompañada. Las familias son muy unidas y siempre están apoyándome. Los chicos son muy buenos, cumplen siempre con sus tareas, van puntualmente a la escuela. La verdad me siento feliz y con mucha fuerza para seguir”.

A la Escuela N°7 le queda un año bajo la tutela de la alumna que se convirtió en su guardiana. Detrás de ella, quedará el testimonio vivo de que la educación rural en la Argentina se sostiene, muchas veces, gracias al corazón y al bolsillo de quienes se niegan a dejar morir las aulas del interior profundo.

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