Jaldo contra viento y marea: el desafío de ganar Tucumán en el 2027, ¿con o sin Rossana Chahla?

El gobernador sigue siendo la figura más poderosa de Tucumán, pero el cansancio social, la interna peronista y el avance libertario ponen en duda si su olfato político alcanzará para 2027

Por SIN CODIGO

Es evidente que hoy no existe en Tucumán una figura política que iguale al gobernador Osvaldo Jaldo. No solo por sus años de militancia, su recorrido partidario o su experiencia en la función pública y el terreno, sino porque encarna algo cada vez más escaso: el animal político. Animal entendido no como descalificación, sino como virtud: ímpetu, olfato, astucia, capacidad de leer el territorio, de hablarle al votante común y convencerlo.

La pregunta que empieza a sobrevolar la política tucumana es otra: ¿Alcanza eso para ganar otra elección?

Los tiempos cambiaron. Las redes sociales, la inteligencia artificial, el pragmatismo social, la tecnología al alcance de todos (celulares) y el hartazgo con los viejos métodos hacen que la política tradicional —de la que Jaldo es uno de los últimos abanderados— ya no sea suficiente por sí sola.

Con Javier Milei en la Presidencia, la discusión va más allá de la economía. Se libra una batalla cultural. Hay un cambio de época, de valores y de mirada social. En ese contexto, un peronismo golpeado tras la derrota de 2023, sin liderazgo nacional y sin una narrativa renovada, navega sin brújula. Y Tucumán no es la excepción, a pesar de Jaldo.

A eso se suma un cansancio acumulado: cuarenta años de gobiernos peronistas en la provincia, con resultados que para una parte importante de la sociedad son exiguos. Jaldo genera cierto acompañamiento en el electorado independiente, pero le tocó gobernar cuando el reclamo es claro: cambio profundo, caras nuevas, otra lógica política.

Quizás, todo este escenario sería más manejable si el peronismo tucumano estuviera unido. Pero no lo está.

La falta de un liderazgo nacional y una interna local que estalló en 2021 hacen que la “unidad” sea más una expresión de deseo que una realidad concreta. En 2025 se logró una unidad atada con alambre, que duró lo que duró hasta el cierre de los comicios del 26 de octubre. Nada más.

El gobernador tucumano enfrenta problemas institucionales como cualquier mandatario, pero su mayor desafío no es de gestión: es político y partidario. El peronismo dividido es un peronismo vulnerable. La historia lo demuestra: cuando no hay unidad, los de afuera se los comen.

En ese tablero aparece Rossana Chahla, la dirigente que mejor mide después de Jaldo. Intendente de la capital, peronista, con buena imagen y sin estructura propia, juega con el respaldo ciudadano. Su relación con el gobernador es estrictamente institucional. Para muchos opositores a Jaldo, Chahla es la “niña mimada”. Y ella lo sabe.

El 2026 arrancó lejos de ser un año tranquilo -al no ser un año electoral-. En pleno verano se adelantaron las internas y la carrera hacia 2027, cuando se renovará todo el poder provincial. El primer gesto fuerte de Jaldo fue político: descabezar a los interventores de la Caja Popular de Ahorros (CPA)

¿Por qué fue una jugada clave? Porque la CPA, según el propio gobernador es una institución de los tucumanos, y era manejada desde hace una década por Carlos Cisneros, diputado nacional y dirigente gremial de La Bancaria. Ni Manzur ni el propio Jaldo —ni como interino ni como gobernador pleno— se habían animado antes a correrlo.

Cisneros, a pesar de autoproclamarse peronista, siempre se movió libre, autónomo y sin responder a nadie más que a sí mismo, tensó la cuerda de más. Jaldo, que conoce bien los códigos del poder, reaccionó sin previo aviso y le cortó las alas. La interna estalló, aunque lo nieguen públicamente.

Además, Cisneros era el principal sostén político de Chahla. La presencia de ella en el acto de asunción de las nuevas autoridades de la CPA fue un mensaje visual claro: alineamiento con Jaldo, aunque con incomodidad evidente.

Qué piensa realmente Chahla solo lo sabe ella. Pero es claro que sectores del peronismo enfrentados a Jaldo la están tentando para que lo enfrente. Eso dividiría al PJ y allanaría el camino a La Libertad Avanza rumbo al sillón de Lucas Córdoba.

Chahla sabe que puede competir, pero también sabe que hacerlo ahora pondría en riesgo su gestión municipal. Jaldo desconfía, pero entiende que frente al avance libertario, también la necesita.

Y mientras tanto, La Libertad Avanza ya juega fuerte, avanza más fuerte de lo que el oficialismo provincial se imaginaba. Teje alianzas con dirigentes de CREO, con Paula Omodeo y Sebastián Murga, dialoga con el intendente de Concepción, Alejandro Molinuevo, y con referentes radicales y ex PRO. Recorren la provincia, dominan redes sociales y confrontan el relato del Gobierno provincial. Aprendieron el método con el que Milei llegó al poder.

Con una economía que muestra mejoras, inflación en baja, dólar estable y un peronismo desorientado, los libertarios sienten que 2027 es una oportunidad histórica.

El 2027 no se definirá solo por la gestión, ni por la experiencia, ni siquiera por el olfato. Se definirá por la unidad —o la fractura— del peronismo y por la capacidad de leer una sociedad que ya no vota como antes. Si el peronismo vuelve a dividirse, no perderá solo una elección: perderá el poder que gobierna Tucumán desde hace cuatro décadas.

Jaldo lo sabe. Por eso empezó a jugar antes, a cortar, a ordenar y a marcar territorio. Porque en esta nueva etapa, el mayor riesgo para el peronismo no es la oposición: es el propio peronismo. Y en política, cuando el enemigo está adentro, ninguna astucia alcanza.

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