El fútbol argentino está dejando al descubierto algo más profundo que una mala gestión: está exhibiendo un sistema de poder
Los hechos ya no son rumores. Ya no son comentarios de pasillo ni sospechas aisladas. En la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) empiezan a acumularse señales demasiado evidentes como para seguir mirando para otro lado: patrimonios que crecen sin explicación razonable, estilos de vida incompatibles con ingresos declarados, contratos opacos, negocios cruzados, transferencias a cuentas fantasma y una estructura diseñada para que nadie controle nada.
Claudio “Chiqui” Tapia construyó, en paralelo a su carrera dirigencial, un patrimonio que despierta preguntas inevitables. Mansiones, propiedades de alto valor, un nivel de vida que no se condice con el de un dirigente deportivo tradicional. No se trata de una acusación liviana, sino de un dato objetivo: la distancia entre ingresos conocidos y bienes acumulados es demasiado grande como para no ser interrogada. Pero Tapia no es un caso aislado. Es la pieza visible de un engranaje mucho más amplio.
Pablo Toviggino, su hombre fuerte, no solo concentra poder institucional sino que aparece recurrentemente vinculado a negocios paralelos, intermediaciones oscuras y un estilo de conducción basado en el apriete, la amenaza y la intimidación pública. No es casualidad que cada vez que un dirigente cuestiona el sistema, reciba una respuesta violenta o un castigo deportivo. La AFA funciona como una estructura de disciplinamiento.
Los arbitrajes direccionados, las designaciones selectivas, las sanciones discrecionales y los beneficios repartidos según obediencia no son errores humanos: son mecanismos. El fútbol se administra como una caja política, no como una competencia deportiva.
A eso se suman los negociados que orbitan alrededor del negocio del fútbol: contratos con productoras, espectáculos, eventos, viajes, logística y acuerdos comerciales poco transparentes. Javier Faroni aparece como símbolo de ese mundo donde el fútbol es apenas la excusa para mover millones, tercerizar responsabilidades y diluir controles. Nada de esto podría sostenerse sin protección política.
Ahí es donde el esquema deja de ser deportivo y se vuelve claramente político. Sergio Massa no aparece en los papeles, pero aparece en la lógica. En la manera de construir poder, en la fragmentación de responsabilidades, en el uso de intermediarios, en la creación de cajas autónomas y en la garantía de impunidad.
Massa entiende como pocos cómo funcionan estos sistemas: nadie firma todo, nadie sabe todo, nadie cae solo. El que ejecuta se expone; el que diseña se mantiene en las sombras. Tapia administra, Toviggino aprieta, los negocios circulan. El poder real observa y protege.
Los clubes del interior empiezan a murmurar. Algunos dirigentes ya no disimulan su hartazgo. Las investigaciones periodísticas crecen. Las preguntas se acumulan. Pero el sistema resiste porque fue diseñado para resistir.
El problema es haber naturalizado que el fútbol argentino sea una estructura opaca, capturada por una lógica política que lo utiliza como caja, como herramienta de presión y como refugio.
La oscuridad ya no está tan bien escondida. Y cuando los hechos empiezan a aparecer, el relato se vuelve cada vez más difícil de sostener.
Porque cuando el fútbol deja de ser fútbol y se convierte en un negocio político blindado, lo único que no importa es el resultado del partido. Massa, Tapia y Toviggino mancharon la pelota.
Por Dani Lerer, Tribuna de Periodistas
