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Es tatuador, se quedó en la calle con sus hijos y hoy devuelve la ayuda recibida

Rolo Gadea tiene 49 años, pero asegura que el número no lo representa. Se siente de 18, con la misma pasión y perseverancia que en su juventud. Y además, lo demuestra con cada una de sus acciones. Es tatuador, tiene pelo largo, barba, y anda en moto, y en honor a ese combo le dicen “vikingo solidario”. Su compañera de vida se llama Vicky, y todos le dicen “la vickynga”, porque hace más de dos décadas lucha codo a codo por las mismas causas sociales que él. Son padres de tres hijos, y tiempo atrás pasaron momentos muy difíciles, cuando se quedaron en la calle y tuvieron que vivir adentro de un auto, hasta encontrar una vivienda. “Nos ayudaron desconocidos, y como no nos olvidamos de eso, hoy nosotros somos los desconocidos que ayudamos a otros”, expresa. A través de distintas campañas, realiza colectas de alimentos no perecederos para colaborar con 200 familias en la provincia de Neuquén, y junto a su grupo fiel, los Motoqueros Solidarios, visitan los comedores todos los meses.

Nacido en Bariloche, se mudó a suelo neuquino cuando era muy chico, y se convirtió en su lugar en el mundo. “Como dice la leyenda, si tomás agua del Río Limay, no te vas más, así que acá me quedé”, dice con humor. Rolo es un atento aprendiz de la vida, un ejecutor de la resiliencia, y muy memorioso, sobre todo de cada lección que aprendió cuando tocó fondo junto a su familia. Su historia de amor empezó hace 24 años, un 25 de diciembre. Ese día se hizo realidad uno de sus sueños: que la futura madre de sus hijos, lo mirara como algo más que un amigo.

Es la mujer de mi vida, mi compañera de fierro, mi otro pie,y encima es bellísima; yo la conocía hacía bastante, pero pensaba: ‘A este vikingo croto que anda en moto no le va a dar bola’, era inalcanzable para mí, pero se me dio”, relata. Se acuerda como si fuese ayer cuando se cruzaron de casualidad en un shopping, y sintió que la chispa del amor al fin era mutua. “Quedé alucinado, empezó a haber onda y desde ahí no nos separamos más, pasamos las peores y las mejores, pero siempre juntos; ella ni en los días más duros de nuestras vidas pensó en irse, siempre se quedó a pelearla conmigo”, manifiesta a puro romance.

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Por más heavy metal que resulte su apariencia, ni bien lo conocen y lo escuchan hablar, descubren que en realidad es un osito de peluche. “Sé que cuando nos ven a mí, o a mi hermano y a mi primo, que andamos con el pelo suelto, bien largo, camperas y chalecos, todos tatuados, piensan que tenemos ‘pinta de malos’, pero los verdaderamente malos muchas veces están vestidos de saco y corbata”, reflexiona, sobre las ironías de la vida.

Hace 15 años se quedó sin dónde vivir, y su Fiat Duna se convirtió en el único refugio, junto a su pareja y dos de sus hijos chiquitos. “Ahí conocí la desesperación, porque fue bastante tiempo viviendo en covachas, trabajando de limpieza por hora, vender CD’s, al punto que en un momento me pregunté si así iba a ser toda mi vida, girando por lugares sin poder salir a flote”, se lamenta. Después de lucharla mucho, empezó a llegar la ayuda de personas que se acercaban para darles una mano, ya sea para acercarles comida o juguetes para sus hijos, como para preguntarles qué necesitaban.

Más adelante consiguió trabajo en una cadena de supermercados, y volver a tener un sueldo fue una maravillosa sensación que no va a olvidar nunca. “Nos devolvió la dignidad, y encima había una hora para almorzar, con la comida incluida, algo que para mí era increíble, tener el plato servido todos los días; y uno tiene que ser agradecido y devolver un poco de todo lo que nos brindaron en épocas muy oscuras”, sostiene. Está convencido de que haber pasado tanta necesidad forjó la fortaleza que caracteriza a su familia, y cualquier problema cotidiano que surge, lo ven con otra perspectiva.

Cuenta que es muy creyente del karma, y que para que se produzca el famosos “boomerang” de dar y recibir, hay que ir siempre en búsqueda de la bondad. “Hay mucha gente buena, que nos ayuda a ayudar, y por más que con un gesto uno no va a cambiar el mundo, sí le cambie el mundo entero a una persona, y hace falta mucho más de eso, en pequeñas acciones todos los días, desde lo que cada quien pueda”, sentencia. Con su grupo de motoqueros solidarios, tienen como lema: “Mover las ruedas de la empatía”, porque es el valor que más pregonan, y lo otro que consideran indispensable es la transparencia, que cada donación tenga trazabilidad, que se sepa a dónde y a quién llega.

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Cada nuevo amanecer se entera de que alguien necesita algo, y se pone en marcha para tratar de solucionarlo. Es una tarea constante, sin francos ni fines de semana libres, pero para él no hay opción, siempre hay que intentar. “Hace poco una chica que está en tratamiento contra el cáncer se quedó sin sus medicamentos oncológicos, ya no se los cubren más, y un mes que nos los tiene significa que se muere, así que hicimos una campaña para comprárselos, y pusimos entre todos los 65.000 pesos que hacían falta, y el mes que viene hay que volver a tener ese dinero recaudado”, relata. Es uno de los tantos ejemplos de situaciones que se presentan, como un comedor que necesita una heladera, una cocina industrial, sillas de ruedas, y la lista siempre crece.

“Nosotros podemos ayudar hasta cierto punto, no es mucho lo que podemos poner de nuestro bolsillo, pero nos las rebuscamos porque realmente toda ayuda sirve, y lo vemos en el agradecimiento de los chicos”, comenta. Muchas de las iniciativas sociales las combina con su profesión de tatuador, y más de una vez lanzó la convocatoria de “Tatuajes Solidarios”, que consiste en cobrar un precio mucho más económico a cada persona que se tatúe y done un alimento perecedero. A veces las jornadas empiezan a las tres de la tarde y terminan a las tres de la mañana, para acopiar la mayor cantidad posible de mercadería. “Suelo hacer nombres de 10 centímetros, y algo que saldría 20.000 pesos, lo cobramos 5000 en esos días”, ejemplifica. Dos de sus hijos ya aprendieron a tatuar y también se suman a las campañas.

“Ellos (por los hijos) nos vieron predicar con el ejemplo, conocieron la diferencia entre lo que es decir que vas a hacer algo y realmente hacerlo, tener como norte que la Patria es el otro”, enfatiza.

Reciben a todo aquel que quiera conocer los comedores, las donaciones que quieran hacer, y ofrecen como contacto sus redes sociales: en Instagram @vikingo_zombie_ y en Facebook “Vikingo Zombie Tattoo”Su sueño más grande es tener un merendero, a donde vayan los chicos para alimentarse, jugar al fútbol, y a aprender. “Me gustaría enseñarles a plantar sus propias verduras, usar el método de la hidroponía, hay un montón de ideas re copadas que se pueden hacer con muy poco, pero los recursos todavía no están; hay que dejar de lado el odio, que nos destruye, diferenciar la bondad de la maldad y empezar con menos oración y más acción”, concluye.

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Nota: de Infobae

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