Tucumán y la política de cabotaje: quién va primero en la lista, quién se queda atrás

Pasan los años y la dirigencia tucumana vuelve a discutir quién encabeza la lista, qué acople le toca a cada uno y cómo conservar el poder. Mientras tanto, la provincia sigue esperando una agenda que alivie a quienes producen, mejore el transporte y convierta su potencial turístico en trabajo

Por la redacción de SIN CODIGO TUCUMÁN

En Tucumán, cuando se acerca una elección, hay preguntas que vuelven con una puntualidad que ya quisiéramos para los colectivos. ¿Quién va primero? ¿A quién le toca el segundo lugar? ¿Cuántos acoples habrá? ¿Con qué recursos se sostendrá la estructura territorial? Cambian los nombres -o no-, se rearman los acuerdos y el debate público vuelve al mismo conventillo. La pregunta que queda afuera es la más elemental: ¿qué piensan hacer con la provincia si ganan?

Tucumán tiene industria, universidades, producción, historia y paisajes capaces de atraer visitantes durante todo el año. Podría estar discutiendo cómo aliviar Ingresos Brutos, el impuesto de Sellos o el impuesto al Cheque para quien recién empieza, qué obras necesita para que una empresa decida instalarse y cómo financiarlas. Podría debatir qué caminos, servicios y conexiones hacen falta para que el turismo genere empleo también fuera de la capital.

Cuesta encontrar esa discusión con la misma intensidad que se pone en negociar un lugar en la boleta.

El ajuste y las excusas de siempre

El ajuste del Gobierno de Javier Milei puede complicar el financiamiento de una obra. La pregunta es qué hicieron los gobiernos de Tucumán cuando tuvieron más margen y qué prioridades fijan ahora con los recursos que administran. El argumento de la falta de fondos pierde fuerza cuando los mismos problemas atraviesan gestiones, presupuestos y ciclos económicos.

Cada vez que se invoca el “Estado presente”, vale preguntar dónde se nota esa presencia. ¿En un colectivo que llega a horario? ¿En un trámite que se resuelve sin perder la mañana? ¿En un camino que permite sacar la producción o llegar a un destino turístico? Mantener estructuras políticas tiene un costo. Justificarlo exige mostrar qué le resuelven al vecino.

Para tomar dimensión del atraso, en la provincia, alcanza con mirar a Córdoba, Santa Fe o Mendoza. Sus experiencias ofrecen preguntas concretas para Tucumán. ¿Cómo se vincula la infraestructura con la producción? ¿Cómo se arma una oferta turística que sostenga actividad todo el año? ¿Qué hace falta para que invertir y contratar sea más sencillo? Mirar esas provincias incomoda porque obliga a preguntarnos qué hicimos con nuestras propias oportunidades.

El colectivo, una discusión que nunca llega a destino

Cada vez que el transporte entra en crisis –algo recurrente desde hace décadas– , la conversación se concentra en dos cifras: cuánto debe costar el boleto y cuánto dinero público hace falta para sostener el sistema. Desde el Gobierno se repite que hay que evitar que los tucumanos se queden sin colectivos. El pasajero que espera en la parada tiene una medida más concreta del problema. Quiere saber si el coche va a pasar, cuánto va a demorar y en qué condiciones va a viajar.

La gratuidad para jubilados y estudiantes cumple una función social. El costo de esos viajes existe y debe quedar claro quién lo cubre. Si las empresas sostienen que cayó la cantidad de pasajeros que pagan tarifa plena, corresponde publicar cuántos viajes se hacen, cuánto recibe cada prestadora y qué frecuencias debe cumplir a cambio. Sin esos datos, cada pedido de aumento y cada desembolso vuelven a discutirse a ciegas, como siempre.

La obstinación por el poder

Hay un dicho en política que dice, “Un dirigente sabe despegar pero ninguno sabe o quiere aterrizar”. Juan Manzur ya fue vicegobernador, gobernador, ministro nacional y Jefe de Gabinete. Además, empresario exitoso. Sin embargo quiere seguir en un cargo público. ¿Para qué? La discusión debería empezar por su balance. ¿Qué problemas resolvió cuando tuvo poder para hacerlo? ¿Cuáles dejó pendientes? ¿Qué haría distinto esta vez?

La misma vara corresponde al oficialismo y a la oposición. Al primero, por lo que administra. A la segunda, por los controles que debería ejercer, las alternativas que ofrece y los acuerdos que acepta. Cuando unos y otros vuelven a entenderse para repartir lugares y vuelven a enfrentarse frente a los micrófonos, es razonable que el tucumano se pregunte cuánto hay de convicción en esos discursos.

¿De qué vale tener políticos ricos en una provincia pobre? La pregunta apunta a una dirigencia que conoce de memoria el camino para conservar un cargo y que, sin embargo, sigue dando respuestas vagas cuando se le pide una explicación sobre el transporte, los impuestos o la falta de trabajo.

El vecino hace su balance en su propio metro cuadrado. Lo hace el joven que quiere abrir un negocio y saca cuentas antes de contratar a alguien. Lo hace quien sale más temprano porque no sabe cuándo va a pasar el colectivo. Lo hace quien ve una inauguración anunciada como si Tucumán acabara de lanzar un cohete a la Luna y al día siguiente encuentra el mismo problema en su barrio.

El amor por Tucumán se demuestra en lo que un dirigente está dispuesto a cambiar, incluso cuando el cambio le cuesta poder.

Si después de veinte años la pregunta que más los desvela sigue siendo quién va primero en la lista, ya sabemos a quién dejaron para después.

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