Del cielo de la Intercontinental al olvido: murió Carlos “El Loco” Salinas, el genio tucumano de los excesos y el talento indomable

Nació a cuatro cuadras de la cancha de San Martín, conquistó el mundo con el Boca del Toto Lorenzo, vistió la camiseta de tres grandes y terminó perdiéndolo todo. La historia de un futbolista atípico que tocó la gloria y cayó víctima de sus propios demonios

Por la redacción de SIN CODIGO

A los 70 años, la vida de Carlos Horacio Salinas se apagó silenciosamente en Buenos Aires, lejos del estruendo de La Bombonera y las luces del Monumental. Para las nuevas generaciones, su nombre quizás sea apenas un dato de archivo. Pero para quienes vivieron el fútbol argentino de los años 70 y 80, “El Loco” Salinas encarnaba una categoría extinta de jugador: la gambeta impredecible, el coraje desmedido y esa fina frontera entre el talento puro y el abismo de la autodestrucción.

Nacido el 20 de febrero de 1956 en el Barrio Ciudadela de San Miguel de Tucumán, a pasos del Estadio de San Martín, Salinas creció en el seno de una familia humilde, siendo el menor de siete hermanos. “Soy una persona que nació para jugar al fútbol”, se definía a sí mismo. Y lo hizo con una habilidad natural que rápidamente lo catapultó al fútbol grande de la Capital.

De La Gloriosa a la gloria continental

Su andar por Primera División comenzó en River Plate en 1974, pero su explosión futbolística se dio en Chacarita Juniors entre 1976 y 1977. Allí deslumbró con 19 goles en casi un centenar de partidos, despliegue que convenció a Juan Carlos “El Toto” Lorenzo para llevarlo a Boca Juniors.

En el “Xeneize”, Salinas escribió las páginas más doradas de su carrera. Formó parte de aquel mítico equipo de finales de los 70 que dominó el continente. El tucumano fue pieza clave en la obtención de la Copa Libertadores 1978 y la posterior Copa Intercontinental ante el Borussia Mönchengladbach, en Alemania, donde convirtió el inolvidable tercer gol de la victoria 3-0 que consagró a Boca como campeón del mundo.

Posteriormente vistió las camisetas de Independiente, Argentinos Juniors y Racing de Córdoba, convirtiéndose en uno de los pocos futbolistas de la historia en jugar en tres de los más grandes del país (River, Boca e Independiente). Además, dejó una huella imborrable al patear el histórico penal con la camiseta de Argentinos Juniors en la definición que envió a San Lorenzo al descenso en 1981.

La delgada línea entre la gloria y el olvido

La historia de Salinas no se entiende solo a través de sus títulos. Su apodo de “Loco” no era una casualidad: venía acompañado de una personalidad rebelde y una vida nocturna sin ataduras. A lo largo de su carrera acumuló anécdotas de todo tipo, desde sanciones disciplinarias récord —como una suspensión de 25 fechas por agredir a un árbitro— hasta episodios extracancha que comenzaron a eclipsar su rendimiento deportivo.

Durante sus años de esplendor económico, Salinas llegó a amasar una fortuna considerable: siete departamentos, automóviles de lujo como dos BMW e ingresos que parecían inagotables. Sin embargo, el retiro deportivo y las malas decisiones terminaron por evaporar esa riqueza.

En sus últimos años, la realidad del ídolo fue muy distinta. Vivió en condiciones precarias, desmintiendo mitos que lo persiguieron durante décadas pero reconociendo el peso de sus propios excesos. Sobrevivió en gran medida gracias a la asistencia y acompañamiento de la Mutual de Exjugadores de Boca Juniors.

El último adiós a una leyenda contradictoria

La partida del “Loco” Salinas deja una huella amarga en el fútbol argentino. Representa la figura del héroe trágico de nuestro deporte: aquel pibe de barrio popular que alcanzó la cima del mundo a fuerza de gambetas, pero que no encontró el mapa ni la contención para gambetear la vida fuera de la cancha.

Hoy se despide al campeón del mundo con Boca, al tucumano que hizo vibrar a las hinchadas más exigentes del país y al hombre que, entre la gloria y la ruina, nunca dejó de definirse como una persona de bien.

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