Acevedo, el último “clavo” del manzurismo en Tucumán y la guerra fría de Jaldo

Tras la aparente “paz institucional” en el partido gobernante de la provincia, la realidad es que la histórica rivalidad entre el jaldismo y el manzurismo nunca se apagó; solo cambió de dinámica

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Tras la aparente “paz institucional” en el partido gobernante de la provincia, la realidad es que la histórica rivalidad entre el jaldismo y el manzurismo nunca se apagó; solo cambió de dinámica

Por Enzo Perea. SIN CODIGO

En el peronismo tucumano, las palabras suelen ser un decorado prescindible. Las conferencias de prensa y las declaraciones de ocasión importan poco cuando se reactiva la verdadera gimnasia del poder: la de las fotos, los silencios calculados y las firmas nocturnas en los decretos. Esta semana, la sorda interna que divide las aguas entre el jaldismo y el manzurismo sumó un nuevo capítulo que sacudió las estructuras del Partido Justicialista local.

La noticia corrió rápido por los pasillos oficiales: el gobernador Osvaldo Jaldo desplazó a Ana Escobedo como apoderada de la fuerza partidaria. Para el ojo desprevenido, un mero trámite administrativo. Para quienes respiran la política local, un mensaje directo a la yugular del vicegobernador Miguel Acevedo y, por elevación, a su jefe político directo, Juan Manzur.

Acevedo, que llegó a la fórmula gubernamental de 2023 casi por un accidente del destino y a último momento, constituye hoy lo que muchos consideran el “último clavo” manzurista dentro del Poder Ejecutivo provincial. El contador construyó su carrera política desde un rol estrictamente técnico y moderado: sin estridencias, sin declaraciones altisonantes y cuidando de no quedar pegado en ninguna trinchera. Sin embargo, en sus más de dos años al frente de la Legislatura, esa moderación empezó a leerse como languidez.

Para el ala dura del jaldismo, la gestión de Acevedo en el parlamento provincial tiene más sombras que luces y dejará escasos hitos para mostrarle a la sociedad una vez que concluya su mandato. Eso sí: tranqueras adentro del peronismo, el vicegobernador se ha esmerado en “portarse bien”. En una Legislatura de bloques movedizos, Acevedo se ha convertido en una suerte de ambulancia política, intentando contener y cobijar a más de un herido territorial que el avance de Jaldo fue dejando en el camino.

Pero el juego de los gestos a veces expone contradicciones difíciles de camuflar. Mientras el sur provincial sufría las dramáticas inundaciones de Lamadrid, al vicegobernador no se lo vio con las botas puestas en el barro asistiendo a los damnificados. En cambio, por esos mismos días, la escena pública lo registró sonriente junto a la intendente capitalina, Rossana Chahla, compartiendo la función de un circo.

No es un detalle menor: Acevedo camina, se muestra y participa hoy de más actos junto a la jefa municipal de San Miguel de Tucumán que al lado del propio gobernador. ¿Negociación, refugio político o la construcción de un eje alternativo? Ahí radica el dilema que desvela al poder: ¿Es Acevedo una piedra en el zapato para los planes de Jaldo o funciona como el fusible necesario para contener al manzurismo latente?

La respuesta parece haber llegado en forma de contraofensiva. Juan Manzur, fiel a su estilo de “eterno mudo”, sigue moviéndose como “pez en el agua” en el barro del interior provincial. Sin levantar la voz, el actual senador nacional aprovecha los fines de semana para recorrer comunas y municipios, visitando a dirigentes y “compañeros” desencantados con el estilo de conducción de Jaldo. Su última escala en La Cocha, flanqueado por el diputado Pablo Yedlin —manzurista de paladar negro y un histórico contrincante del gobernador—, fue la gota que colmó el vaso en el despacho principal de la Casa de Gobierno, aunque lo nieguen.

La política no perdona la provocación territorial. Horas después de la foto de Manzur y Yedlin en el interior, salió a la luz el desplazamiento de Ana Escobedo del PJ. Al quitarle la lapicera partidaria a una colaboradora estrecha de Acevedo, Jaldo no solo blindó el control de la estructura partidaria de cara a los armados electorales que se avecinan; también le rayó la cancha a su vicegobernador.

Tucumán ingresa así en una fase de realineamientos explícitos. La salida de Escobedo dista mucho de ser un hecho aislado; huele más bien al inicio de una seguidilla de demostraciones de fuerza destinadas a dejar en claro quién ostenta verdaderamente el poder en la provincia.

Resta saber si Miguel Acevedo asimilará el golpe desde su habitual ostracismo moderado o si terminará pagando los platos rotos de una guerra fría peronista que, evidentemente, acaba de romper la tregua.

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