En Tucumán, para hacer política, confundir la geografía digital con el mapa electoral suele ser un error de consecuencias catastróficas
Por SIN CODIGO
La Libertad Avanza (LLA) de Tucumán habita hoy un laberinto estratégico del que depende su futuro: consolidarse como la verdadera alternativa con capacidad de arrebatarle el poder al peronismo local, o quedar reducida a una vistosa escudería de redes sociales.
Nadie duda de la premisa fundacional: LLA es Javier Milei. Un fenómeno político sin estructuras tradicionales, sin intendencias, sin comunas y, hasta hace poco, sin cuerpos legislativos propios, que logró cosechar un caudal inédito de votos en la provincia gracias a un solo apellido. Pero el calendario corre, las reglas locales pesan y el almanaque nos empuja inevitablemente hacia el desdoblamiento de 2027.
La trampa de la “Campaña Provincializada”
Cuando las elecciones nacionales ocurren en simultáneo, el nombre de Milei funciona como un potente imán vertical; arrastra lo que sea y a quien sea. Sin embargo, en un escenario tucumano donde los comicios casi con seguridad ocurrirán de manera desdoblada —especulándose mayo o junio de 2027— la dinámica muta por completo.
Cuando la campaña se provincializa, los tucumanos no votan una doctrina económica global; votan intendentes, concejales y delegados comunales que conozcan el bache de su cuadra y el nombre de su barrio. En ese terreno, el imán nacional pierde potencia. Para ganar la provincia hay que poner mucho más en juego que el carisma de un líder ausente en la boleta.
Conducir no es expulsar
A nivel local, el partido quedó bajo la conducción de Lisandro Catalán. Sin poner en tela de juicio su idoneidad técnica o su probidad política, lo que el llano observa es un accionar hermético, de trinchera cerrada y con preocupantes rasgos expulsivos.
Las pruebas están a la vista de quien quiera mirar: dirigentes de la primera hora o que se sumaron después (el legislador José Macome, su par José Seleme, el diputado nacional Mariano Campero, el concejal Miguel Ramos de Las Talitas, solo por nombrar algunos), aquellos que se calzaron la camiseta violeta cuando hacerlo era una excentricidad y Catalán aún no figuraba en el radar local, hoy están afuera. Algunos fueron directamente empujados; otros prefirieron el portazo por iniciativa propia ante el sectarismo imperante.
Desde la mesa chica libertaria ensayan una respuesta de manual: argumentan que esos actores “buscan un cargo más que las ideas de la libertad”. Pero hay que pecar de una enorme ingenuidad —o de un preocupante cinismo— para penalizar la aspiración de poder en la actividad política. Querer ocupar un cargo público no invalida la pertenencia a un espacio; la legitima. Quien entra a la arena política para transformar la realidad busca las herramientas institucionales para hacerlo. Si se castiga esa premisa básica, el partido corre el riesgo de quedarse vacío de cuadros y lleno de aplaudidores.
El peligro del “Me Gusta” frente al aparato de los 40 años
La estrategia actual de la conducción local de LLA parece más obsesionada con la pirotecnia mediática y la denuncia en redes sociales que con la articulación de un plan de gobierno integral. Mostrar las falencias, la ineficiencia y los nudos ciegos de la gestión peronista en plataformas digitales es legítimo, claro que sí. Pero no aporta nada nuevo.
Los tucumanos padecemos y conocemos de memoria qué es lo que no funciona en nuestra provincia; lo que necesitamos saber es qué haría La Libertad Avanza de diferente si llegara al sillón de Lucas Córdoba. Denunciar no es gobernar.
Tratar a un partido político con aspiración mayoritaria (LLA) como si fuera una parcela privada o un club de admisión restringida atenta contra la construcción democrática. No se derrota a un aparato peronista abroquelado en el poder desde hace cuatro décadas con un puñado de influencers que acumulan likes pero carecen de fiscales.
Las autoridades de LLA Tucumán parecen convencidas de que el purismo de unos pocos los conducirá al triunfo en 2027. Deberían revisar la historia reciente: los seguidores digitales no siempre se traducen en boletas dentro de la urna. Construir un proyecto capaz de gobernar Tucumán exige generosidad, debate interno, disidencias sanas y una convocatoria amplia.
Nadie gana solo. Salvo que te llames Javier Milei. Y Milei, en este laberinto, hay uno solo.
