Miles de fanáticos coparon este viernes la Plaza de Mayo para despedir a Indio Solari, el ícono del rock nacional que murió por la mañana a los 77 años en su casa de Parque Leloir. Lo que comenzó como una convocatoria espontánea terminó convirtiéndose en una multitudinaria “misa ricotera” a cielo abierto, atravesada por la emoción, la música y el ritual colectivo.
Desde las 16.30, columnas de seguidores comenzaron a llegar con banderas, bombos y remeras emblemáticas. El clima, lejos de ser estrictamente de duelo, se transformó en una celebración de la obra y el legado del artista. Hubo abrazos, lágrimas, cerveza compartida y, sobre todo, canciones que se multiplicaron como un eco constante en toda la plaza.
En los primeros momentos se registraron algunos incidentes menores con efectivos de la Policía de la Ciudad, que intentaron dispersar a un grupo con gas pimienta. La situación, sin embargo, fue rápidamente controlada y no pasó a mayores.
Con el correr de las horas, la mística ricotera se impuso. “¡Dale, que este es el pogo más grande del mundo!”, gritó un fanático mientras cientos saltaban al ritmo de “Ji ji ji” y “A brillar mi amor”. Los cánticos se mezclaban con arengas: “¡Vamos los Redondos!” y un guiño humorístico que despertó risas: “¡Mick Jagger, tenés que empezar de abajo todavía!”.
A las 18, hora señalada para el inicio formal de la “misa”, el ambiente ya era total. La plaza se había convertido en un santuario popular donde cada historia personal encontraba un punto en común.
“Estoy impactado, pero desde el último recital sentíamos que podía ser el final”, contó Waldo Blanco Wuest. Como él, miles llegaron con recuerdos a cuestas. Silvia Tamassi, de 57 años, resumió décadas de devoción: “Mis salidas eran los recitales del Indio. Ahí conocí a mi ex marido, hice ricoteros a mis hijos. Hoy mi nieta se llama Indiana y mi gato, Indio. Era toda una comunidad”.
Entre los más jóvenes, el vínculo también se sostiene. Belén Nequi, estudiante de Ciencias Políticas, explicó: “Sus canciones me ayudaron a entender quién soy. Tenía una forma única de interpretar lo que le pasaba a la gente común”.
La despedida fue, como su figura, inclasificable: una mezcla de rito pagano, recital improvisado y homenaje colectivo. Entre lágrimas y pogos, la multitud dejó en claro que la obra del Indio trasciende su muerte.
“Hay gente que los vio muchas veces. Lo afortunados que son… es algo inexplicable”, dijo Martín Gómez, mientras la plaza seguía cantando.
Porque si algo quedó claro en esta despedida, es que el Indio no se va: se transforma en canción, en memoria y en multitud.
