Desde hace más de cuatro siglos, fieles de todo el país llegan a Trancas para buscar alivio, agradecer favores recibidos o pedir por la salud de sus seres queridos. Historias de fe, promesas y esperanza mantienen viva la leyenda del santuario ligado a San Francisco Solano
Por SIN CODIGO
El ripio cruje bajo los pasos y el aire del Norte tucumano, denso y tibio, envuelve a quienes se desvían de la ruta. A las afueras de Trancas -a 70 kilómetros de San Miguel de Tucumán, por la Ruta Nacional 9- no hay monumentos ostentosos ni templos de mármol; solo árboles corpulentos que prestan su sombra y un piletón de piedra rodeado de un silencio casi sagrado. Allí, donde la ciencia busca respuestas en las napas subterráneas, la lógica se rinde ante la necesidad humana de creer. Es el Pozo del Pescado —o el Pozo de los Milagros—, un rincón donde el agua brota mansa desde hace más de cuatro siglos (1590) y adonde miles de personas llegan cada año con el alma rota, buscando un alivio que la medicina tradicional ya no les puede dar.

A simple vista, el lugar es de una sencillez que desarma. Una pequeña ermita que resguarda la imagen del San Francisco Solano y, en el centro, el piletón de piedra de donde brota, mansa y constante, el agua bendita. Pero lo que realmente estremece de este rincón no es la geografía, sino la atmósfera. Hay un silencio espeso, un respeto casi sagrado que solo se rompe por el murmullo de los rezos y el sonido del agua al ser embotellada.
Rituales
Los fieles no solo van a buscar agua; tocan tres veces la campana de la ermita para “llamar al santo” y avisarle que están ahí con sus pedidos.
Las voces de la fe
Algunos testimonios dan fe del milagro del agua de San Francisco solano. Doña Irma, viajó desde San Miguel de Tucumán con bidones plásticos vacíos para llevarle agua a su nieto con una enfermedad pulmonar severa. Representa la esperanza familiar. O Carlos, un obrero de 34 años, que el año anterior estuvo de rodillas pidiendo por la vida de su esposa tras un accidente de ruta. Hoy ella camina y él volvió a cumplir su promesa: limpiar el lugar y llevarle flores al “Santito”.

El origen de la leyenda
Hay que viajar en el tiempo hasta 1590. La tradición oral cuenta que la región sufría una sequía feroz y devastadora. San Francisco Solano, un fraile franciscano español que misionaba por la zona, clavó su bastón de madera en la tierra seca y, en ese instante, hizo brotar el agua mansa y constante que sigue fluyendo hasta hoy.
Pensar que el verdadero milagro de Trancas no es un fenómeno geológico o una napa subterránea inagotable, sino la impresionante capacidad humana de resistir, unirse en comunidad bajo la sombra de los árboles y encontrar paz en una botella de agua cristalina.
Las explicaciones de la ciencia quedan obsoletas cuando una madre desesperada besa el agua o un hombre quebrado encuentra la fuerza para seguir adelante.
