Cuando la violencia le gana a la razón: salud mental, intolerancia y discusiones de tránsito que pueden terminar en tragedia

La salud mental se ha convertido en uno de los grandes desafíos del siglo XXI. Ya no se trata solo de una cuestión individual, sino de un problema social que atraviesa familias, trabajos, escuelas y también las calles

Por SIN CODIGO

Según un estudio publicado en The Lancet, los trastornos mentales ya representan la principal causa de discapacidad global y afectan a unas 1.200 millones de personas en el mundo. La investigación, que analizó la prevalencia y la carga global de estas enfermedades entre 1990 y 2023 en ambos sexos, 25 grupos etarios, 21 regiones y 204 países y territorios, concluyó que casi se duplicaron en ese período, superando incluso a enfermedades cardiovasculares, cáncer y afecciones músculo-esqueléticas. El incremento estuvo impulsado principalmente por los trastornos de ansiedad y el trastorno depresivo mayor.

En ese contexto, episodios de violencia cotidiana reflejan una sociedad cada vez más tensionada, con niveles de estrés, intolerancia e impulsividad preocupantes.

Lo ocurrido este jueves en pleno microcentro de San Miguel de Tucumán es una muestra alarmante de esa escalada. Tras un roce entre un ciclista y un automovilista, una discusión callejera derivó en un hecho extremo: el conductor -del automóvil- sacó un arma de fuego y disparó contra el hombre que circulaba en bicicleta. La bala impactó en uno de sus hombros y, por fortuna, no terminó en una tragedia fatal.

Pero la pregunta inevitable es: ¿Qué hubiese pasado si ese disparo mataba a una persona? ¿Vale la pena perder la vida —o arruinarla para siempre— por una discusión de tránsito?

Morir, matar o terminar en prisión por una discusión callejera parece absurdo. Sin embargo, estos episodios se repiten con una frecuencia que interpela.

Hace años, una discusión de tránsito podía quedar en insultos, bocinazos o reclamos. Hoy, muchas veces, una mínima fricción escala rápidamente a agresiones físicas, amenazas, armas y violencia extrema. Algo cambió en la convivencia social.

Especialistas suelen advertir que el aumento del estrés crónico, la ansiedad, la frustración acumulada, la intolerancia y la falta de herramientas para gestionar emociones pueden potenciar reacciones impulsivas. Pero también hay un deterioro visible de valores básicos: respeto, empatía, paciencia y capacidad de convivir con el otro, incluso en el conflicto.

No toda agresividad responde a un trastorno mental. Reducir la violencia a “locura” sería simplificar un fenómeno mucho más complejo. Muchas veces detrás hay impulsividad, ira descontrolada, cultura de confrontación, consumo problemático, acceso a armas o una naturalización peligrosa de la violencia.

Lo cierto es que la calle se volvió un escenario donde una discusión insignificante puede transformarse en una tragedia evitable.

El hombre baleado en el centro tucumano recibió una segunda oportunidad. El disparo no fue letal. Pero el desenlace pudo haber sido otro: una muerte absurda, una familia destruida y otra vida condenada por haber reaccionado con violencia desmedida.

Quizás esa sea la reflexión más urgente: antes de responder con agresión, antes de bajar del auto, antes de gritar o enfrentar a un desconocido, pensar dos veces.

Porque ninguna discusión de tránsito merece una muerte. Ningún enojo justifica una bala. Y ninguna sociedad puede naturalizar que salir a la calle implique arriesgar la vida por un simple roce, una bocina o una palabra de más.

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