El “Messi de la equitación” y la nobleza infinita de los caballos

A veces el deporte no se mide en goles, ni en récords, ni en aplausos. A veces el verdadero triunfo es ponerse de pie… y volver a confiar

Hay noticias que tienen todos los condimentos de esas historias que conmueven: un joven de apenas 18 años que pasó de la terapia a la alta competencia, que hoy sueña con un Mundial y al que ya llaman —quizás con justicia— el “Messi de la equitación”.

Pero detrás de ese logro hay un protagonista silencioso, inmenso, casi siempre olvidado: el caballo.

El joven, Nacho Gómez Pereyra, encontró en la equinoterapia no solo una herramienta de recuperación, sino un puente hacia una nueva vida. Lo que empezó como tratamiento terminó convirtiéndose en pasión, disciplina y competencia. Pasó de necesitar ayuda a convertirse en un atleta. De la fragilidad a la fortaleza.

Y ahí es donde aparece la otra mitad de esta historia: el caballo, ese animal noble que no juzga, que no pregunta, que no discrimina.

Un vínculo que no se explica, se siente

La Equitación no es un deporte común. No se trata solo de técnica o destreza. Es, ante todo, una relación.

El jinete no compite solo: forma un “binomio” con el caballo. Uno sin el otro no existe. El éxito no depende únicamente del talento humano, sino de la conexión, el respeto y la confianza mutua.

El caballo percibe emociones. Siente el miedo, la ansiedad, la calma. Responde al trato, al tono, al vínculo. Y ahí radica su grandeza: acompaña sin condiciones.

Para muchos chicos —como Nacho— el caballo no es solo un compañero deportivo. Es terapeuta, sostén emocional, espejo.

Más que un deporte: una lección de vida

Hay algo profundamente humano en el mundo ecuestre. Tal vez porque obliga a bajar el ego. Porque nadie domina realmente a un caballo: se construye con él.

En tiempos donde todo parece inmediato, los caballos enseñan paciencia. Donde sobra ruido, enseñan silencio. Donde hay desconfianza, construyen vínculo.

La historia de este joven argentino no es solo una promesa deportiva. Es la prueba viva de que la recuperación, la superación y los sueños muchas veces tienen cuatro patas.

La historia de Nacho con los caballos empezó hace más de diez años, pero el punto de inflexión llegó después de la pandemia. Fue entonces cuando comenzó a entrenar en la pista de equinoterapia del Club Hipocampo, en la Ciudad de Buenos Aires, y su evolución no tardó en llamar la atención.

Su desempeño hizo que lo convocaran para competir en equitación adaptada dentro de Olimpíadas Especiales Argentina. Desde entonces, se destacó en pruebas de adiestramiento y salto, donde ya obtuvo medallas de oro en su categoría.

Hoy monta con la seguridad de quien entiende el lenguaje silencioso de los caballos. Ese vínculo, construido con paciencia y sensibilidad.

Su entrenadora, María Fernanda, recuerda con claridad ese proceso: “Nacho llegó con un encuadre terapéutico, pero vimos que empezaba a desarrollar habilidades ecuestres y que había un potencial deportivo. Entonces dejamos de pensar solo en la pista cuidada y empezamos a proyectarlo dentro de una práctica convencional”.

El cambio implicó desafíos técnicos y emocionales. “Empecé a crecer, a sentirme diferente, también con los caballos”, dice Nacho, con la simpleza de quien reconoce su propio proceso.

Nacho hoy se prepara para competir en el Torneo Nacional de Olimpíadas Especiales.

En un país donde sobran malas noticias, historias como esta recuerdan algo esencial: todavía existen vínculos nobles, genuinos, desinteresados.

Y en ese mundo, los caballos ocupan un lugar único. No piden nada. No negocian. No fallan.

Solo están. Y eso, en estos tiempos, ya es extraordinario.

Con información de Gabriela Semmartin, de TN

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