Argentina cambió de piel: el nuevo ciclo político desafía a Tucumán

En política, no leer el clima de la época suele tener costos altos. Toda transformación cultural, es lenta, desigual y conflictiva. Pero avanza

Por SIN CODIGO

La política argentina atraviesa un cambio de época. Un giro profundo que no se limita a nombres propios ni a resultados electorales, sino que redefine la lógica misma del poder, la relación del Estado con la sociedad y las expectativas de los ciudadanos. Lo que hasta 2023 parecía inmutable —las estructuras tradicionales, las formas de construir poder, los discursos de siempre— hoy muestra señales claras de agotamiento.

La irrupción de Javier Milei no fue un hecho aislado ni una anomalía del sistema: fue, en todo caso, la consecuencia visible de un proceso más profundo. Un outsider, economista mediático y ajeno a las estructuras partidarias clásicas, logró imponerse sobre décadas de construcción política tradicional. Pero el fenómeno excede a su figura. No se trata únicamente de La Libertad Avanza, sino de un cambio cultural que encontró en ese espacio su vehículo más eficaz.

Ese “cambio cultural”, concepto reiterado por el propio Presidente, dejó de ser una consigna disruptiva para transformarse en una realidad palpable. A mitad de mandato y con respaldo en elecciones intermedias, muchas de aquellas ideas que eran catalogadas como extremas o impracticables comenzaron a instalarse en el sentido común de la sociedad.

Hoy, en la calle, en el trabajo, en las conversaciones cotidianas, aparecen nuevas nociones: gastar menos de lo que se gana, valorar el ahorro, desconfiar del Estado como proveedor absoluto, mirar al sector privado como motor de desarrollo. La idea del empleo público como refugio perdió fuerza, mientras crece la noción de autonomía económica, del emprendedorismo y del esfuerzo individual como camino.

Este cambio no distingue clases sociales ni geografías. Se extiende desde los grandes centros urbanos hasta el interior profundo. Y, como toda transformación cultural, es lenta, desigual y conflictiva. Pero avanza.

En ese contexto, también se exponen prácticas arraigadas durante años. La crítica a una dirigencia que, en distintos ámbitos —político, empresarial, académico o mediático— creció al calor del Estado, gana terreno en el discurso público. Se instala la percepción de que una minoría concentró privilegios mientras la mayoría convivía con la pobreza estructural.

Frente a este escenario, los partidos tradicionales enfrentan un dilema existencial. El Partido Justicialista, la Unión Cívica Radical, el PRO y las fuerzas de izquierda deben decidir si reinterpretan esta nueva realidad o si permanecen aferrados a un esquema que parece haber perdido conexión con amplios sectores de la sociedad. En política, no leer el clima de época suele tener costos altos.

Tucumán no está ajeno al proceso

Tucumán no es ajeno a este proceso. Como parte del entramado nacional, la provincia también siente el impacto de este cambio de paradigma. La gestión del gobernador Osvaldo Jaldo muestra, por momentos, intentos de adaptación a esta nueva lógica, aunque con tensiones evidentes.

El principal desafío de la dirigencia tucumana parece radicar en abandonar una matriz histórica: gobernar con la mirada puesta en la próxima elección. Durante años, el eje estuvo en sostener estructuras mediante recursos estatales, muchas veces bajo la lógica de la asistencia o la dependencia. Sin embargo, el nuevo clima social empieza a cuestionar ese modelo.

La discusión de fondo es más profunda: administrar con lo que se tiene, priorizar, ordenar el gasto y definir qué es esencial. Educación, salud y seguridad aparecen como pilares indiscutibles. Todo lo demás, en tiempos de recursos escasos, debería entrar en revisión. La pregunta que emerge es inevitable: ¿cuántas estructuras sobredimensionadas persisten y qué costo real tienen para la sociedad?

El contraste entre una ciudadanía que empieza a internalizar la necesidad de ajuste en su vida cotidiana y un Estado que muchas veces no refleja esa misma conducta genera tensión. Como en cualquier economía doméstica, cuando los ingresos caen, las prioridades se reordenan. La política, en ese sentido, parece correr detrás de una sociedad que ya empezó a cambiar.

El desafío para Tucumán —y para la Argentina en su conjunto— no es menor. Alcanzar una madurez institucional donde la alternancia política no implique rupturas estructurales, sino continuidad en reglas básicas de funcionamiento. Un país donde se pueda transitar de un signo ideológico a otro sin que eso signifique volver a empezar.

El cambio, todo indica, ya comenzó. La sociedad parece haberlo comprendido antes que buena parte de la dirigencia. Y en política, como en la vida, quienes no logran interpretar a tiempo los signos de una nueva época suelen quedar atrapados en la anterior.

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