Mientras millones de venezolanos lloran de emoción por el fin de la dictadura, sectores del peronismo y la izquierda argentina repudian desde la comodidad de la democracia lo que el pueblo venezolano celebra en las calles y en el exilio
Por SIN CODIGO
Durante 26 años Venezuela fue sinónimo de miedo, hambre, persecución, muerte y exilio. Un país rico, próspero y democrático fue transformado en una cárcel a cielo abierto por el chavismo y, en los últimos años, por la dictadura de Nicolás Maduro. Hoy, tras la caída del régimen como consecuencia de una intervención encabezada por Estados Unidos, millones de venezolanos sienten algo que les había sido robado durante décadas: esperanza.
No es una sensación importada ni un relato fabricado por potencias extranjeras. Es el sentimiento real de los que sobrevivieron al régimen, de los que todavía estaban atrapados dentro del país y, sobre todo, de los casi nueve millones de venezolanos exiliados que vieron cómo se abría, por primera vez en mucho tiempo, una posibilidad concreta de volver a su tierra.
Sin embargo, mientras Venezuela festeja, en Argentina una parte de la dirigencia política vuelve a exhibir una hipocresía que ya no sorprende, pero sí indigna.
Desde la comodidad de un país libre y democrático, dirigentes del peronismo y de la izquierda salieron a repudiar la caída de Maduro, no por amor al pueblo venezolano, sino por fidelidad ideológica a un régimen que dejó un tendal de muertos, presos políticos, torturados y desaparecidos.
Una de las voces más estridentes fue la de Myriam Bregman, dirigente del Frente de Izquierda, quien calificó el operativo como una “agresión del imperialismo yanqui” y llamó a “extender la movilización antiimperialista en todo el continente”. Bregman, abanderada del progresismo selectivo, parece olvidar —o directamente negar— el sufrimiento de millones de venezolanos sometidos durante más de dos décadas a un régimen narcocriminal.
Bregman se olvida de los presos políticos. Se olvida de las víctimas de torturas en centros de detención como El Helicoide. Se olvida de los miles de muertos y desaparecidos. Se olvida de los niños separados de sus padres.
Se olvida, incluso, de un compatriota argentino como el gendarme Nahuel Gallo, secuestrado desde hace más de un año por el régimen que ella, de hecho, termina defendiendo con su discurso.
Bregman habla de imperialismo desde un país donde puede expresarse libremente, sin miedo a ser encarcelada, torturada o asesinada por opinar distinto. Un privilegio que millones de venezolanos jamás tuvieron bajo Maduro.
La misma hipocresía quedó expuesta en el peronismo. El gobernador bonaerense Axel Kicillof condenó el accionar de Estados Unidos y habló de “violación del Derecho Internacional” y de “peligroso precedente para la estabilidad regional”. Otra vez, la pregunta es inevitable:
¿Dónde estaban estas preocupaciones cuando se violaban sistemáticamente los derechos humanos del pueblo venezolano?
¿Dónde estaba el peronismo cuando se expropiaban empresas?
¿Cuando se encarcelaba a opositores?
¿Cuando se reprimían protestas a sangre y fuego?
¿Cuando millones huían por hambre y persecución política?
El peronismo y la izquierda argentina parecen tener una extraña vara moral: los derechos humanos importan solo cuando conviene ideológicamente. Las dictaduras son condenables… excepto cuando se declaran “antiimperialistas”.
Lo paradójico es que estas posiciones no representan ni siquiera el sentir mayoritario de los argentinos. Tampoco el de los cientos de miles de venezolanos que encontraron refugio en nuestro país y que hoy celebran, lloran y agradecen el fin de un régimen que les robó la vida, la familia y el futuro.
La liberación de Venezuela, después de 26 años de muerte, secuestros, torturas, encarcelamientos y miseria, es una bendición histórica. Y lo verdaderamente importante no es lo que digan dirigentes ideologizados desde despachos cómodos, sino lo que sienten los verdaderos protagonistas de esta historia.
Los venezolanos están felices. Y esa verdad, por más que algunos intenten negarla, es imposible de ocultar.
