Argentina: el país bendecido que no sabe agradecer

Las personas desagradecidas no se concentran en los aspectos positivos de la vida, lo que los deja resentidos e incluso enojados. Es una de las características del argentino promedio

Por SIN CODIGO

Argentina podría ser el paraíso en la Tierra. Lo tiene todo: tierras fértiles, agua dulce en abundancia, clima moderado, montañas majestuosas, glaciares imponentes, llanuras infinitas, selvas, bosques, mares. Tenemos cuatro climas, múltiples paisajes, una biodiversidad privilegiada. Somos uno de los pocos países que pueden producir alimentos para cientos de millones de personas. Y sin embargo… estamos empobrecidos.

La provincia de Tucumán, por ejemplo, tiene el mismo tamaño que países como Israel o Líbano. Ellos, con mucho menos territorio y recursos naturales, construyeron potencias tecnológicas, defensivas y económicas. Nosotros, con una riqueza natural casi infinita, no salimos de nuestro laberinto de frustraciones.

¿Por qué? Porque, a pesar de todo lo que tenemos, somos un país habitado por personas que no saben valorar su tierra. Y esto duele. Somos como esos hijos de familias ricas que tuvieron todo, pero no aprendieron ni a agradecer ni a administrar. Que crecieron creyendo que todo les corresponde, sin esfuerzo, sin trabajo, sin sacrificio. Que dilapidan lo que otros darían la vida por tener.

La Argentina no sufre guerras ni catástrofes naturales como otras regiones del mundo. No tenemos huracanes ni terremotos que destruyan ciudades enteras. No vivimos bajo la amenaza constante del hambre o la invasión. Y sin embargo vivimos peleados. Nos odiamos entre nosotros por tonterías.

En vez de cuidar esta tierra prodigiosa, la explotamos con desprecio. En vez de agradecer, nos quejamos. En vez de trabajar unidos, nos boicoteamos. En vez de construir futuro, miramos para atrás. Nos carcome la envidia, el egoísmo, la corrupción. Tenemos un potencial gigantesco, pero seguimos siendo esclavos de nuestra propia mediocridad.

Mientras tanto, el mundo mira con asombro cómo un país con todo para ser potencia se convierte en un símbolo de frustración. ¿Qué más tiene que pasarnos para que despertemos?

Hay pueblos enteros que luchan día a día para sobrevivir en tierras áridas, en medio de guerras, de persecuciones, de bloqueos internacionales. Y nosotros, en paz, libres, con un suelo que da frutos hasta cuando se planta mal, vivimos enfrentados, divididos, anestesiados.

Es hora de asumir la verdad: Dios, o el universo, o la vida, nos bendijeron. Pero si seguimos siendo ingratos, si seguimos provocando a la naturaleza y despreciando nuestras oportunidades, esa bendición puede convertirse en castigo. No hay milagro que dure para siempre si no hay conciencia, gratitud y acción.

Tenemos todo. Absolutamente todo. Solo nos falta una cosa: cambiar nosotros mismos.

Dejar de pelear por ideologías vacías. Dejar de esperar que el Estado, o el otro, o el Mesías de turno nos salve. Empezar a trabajar cada uno desde su lugar. Con humildad. Con respeto. Con esfuerzo. Con amor por esta tierra generosa que todavía nos aguanta.

O despertamos, o desaparecemos.
Así de simple.
Así de brutal.

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