El vicio de la vice: la ambición a destiempo de Victoria Villarruel en un país presidencialista

Lo que estamos viviendo con la vicepresidente Victoria Villarruel no es solo un cortocircuito en las alturas del poder; es la muestra gratis de una ambición fuera de tiempo que daña la misma institucionalidad que ella dice defender

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Lo que estamos viviendo con la vicepresidente Victoria Villarruel no es solo un cortocircuito en las alturas del poder; es la muestra gratis de una ambición fuera de tiempo que daña la misma institucionalidad que ella dice defender

Por la Redacción de SIN CODIGO

En la historia política argentina, la figura del vicepresidente suele transitar por una delgada línea entre la lealtad institucional y la tentación del camino propio. Sin embargo, cuando la distancia se transforma en zancadilla y la autonomía en abierta operación contra el propio gobierno, el análisis deja de ser político para volverse ético.

A diferencia de otros momentos históricos donde los vicepresidentes eran impuestos por coaliciones ajenas o por el peso de un socio mayoritario, la fórmula de La Libertad Avanza nació de una aceptación libre. Nadie obligó a Villarruel a acompañar a Javier Milei. Llegó allí conociendo perfectamente el rumbo, las banderas del equilibrio fiscal y la profundidad de las reformas económicas que se iban a implementar. Por eso, que hoy adopte un discurso más cercano al de un opositor tradicional para congraciarse con ciertos sectores —hablando de universidades, jubilados o discapacidad— no es “independencia de criterio”; es oportunismo político en su estado más puro.

En un país con un diseño constitucional marcadamente presidencialista como la Argentina, las decisiones y el rumbo estratégico los define el Presidente. El vice acompaña, preside el Senado y garantiza la sucesión. Pero la actual vicepresidente pareció confundir los roles desde el día uno: desde sus intentos tempranos por manejar carteras clave o imponer ministros, hasta su posterior y diciente accionar en la Cámara Alta.

¿Cómo se explica, si no es bajo el prisma de la construcción personal, que haya validado el polémico incremento de las dietas de los senadores mientras en la Cámara de Diputados, bajo la conducción de Martín Menem, se sostenía la premisa de la austeridad? ¿Cómo se justifican las habilitaciones de sesiones que debilitaban al oficialismo a sabiendas de la extrema fragilidad parlamentaria del gobierno?

Al inicio de la gestión, los sectores más duros del peronismo y los gremios le auguraban apenas seis meses de vida al Gobierno de Milei. Se equivocaron. Pero en los pasillos de la política se comenta con fuerza que esos mismos personajes que deseaban la caída del Gobierno empezaron a “endulzarle el oído” a la vicepresidente, preparándola para un eventual escenario de asunción anticipada. Allí nació una desconfianza en la administración central que el tiempo y los hechos no hicieron más que confirmar.

Hoy la máscara del “perfil institucional” parece haberse caído del todo para dejar paso a la rosca política más rancia. La ambición de la señora Villarruel la ha llevado a tejer puentes y mostrarse sonriente con los barones del peronismo más cuestionado del interior, como Gildo Insfrán en Formosa o Ricardo Quintela en La Rioja.

El último y más provocador de estos episodios tuvo lugar en Tucumán, durante las celebraciones del Día de la Independencia. Allí, bajo la excusa de la agenda protocolar, Villarruel no tuvo reparos en compartir palco y fotografiarse amigablemente con Raquel Graneros, la intendente de Graneros investigada por presunto enriquecimiento ilícito tras la polémica compra de una mansión millonaria en un country de Yerba Buena. En ese mismo viaje, entre risas y complicidades, alimentó el juego de una hipotética fórmula presidencial con Osvaldo Jaldo y dejó flotando la confesión de que le gustaría llegar a la presidencia para hacer, precisamente, lo opuesto a Milei.

Todo esto podría tomarse como una humorada de café si no estuviéramos hablando de la segunda autoridad de la Nación, alguien que llegó hace poco más de dos años y medio al poder gracias al voto de millones de argentinos que eligieron un proyecto de transformación radical, no su agenda personal para el 2027.

Tener ambiciones políticas es legítimo, pero operar abiertamente contra el propio gobierno a tan poco tiempo de haber asumido demuestra un alarmante desprecio por el mandato popular y un escasísimo amor a la patria, un concepto que paradójicamente tanto se evoca en sus discursos. Quien le haya hecho creer que es lícito limar el poder presidencial para heredar los escombros le hizo un pésimo favor a ella, pero sobre todo al país.

Si a Victoria Villarruel dejó de gustarle el rumbo que tomó la gestión, el camino democrático es claro: bajarse del barco, volver al llano y presentarse como candidata en la próxima elección. Mientras siga ocupando la vicepresidencia Milei, su deber es acompañar, no operar en contra. Jugar a la oposición interna desde el sillón de la institucionalidad la deja muy mal parada ante una sociedad que está intentando reconstruir un país en serio y que ya no tolera las traiciones palaciegas.

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