9 de Julio de 1816: el grito de Tucumán que la Argentina de hoy necesita recordar para volver a ser grande

Cuando la Patria exige grandeza, entrega y sacrificio

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Cuando la Patria exige grandeza, entrega y sacrificio

Por la Redacción de SIN CODIGO

Hay lugares en el mundo donde las paredes no solo guardan eco; guardan el alma de una Nación. Entrar al zaguán de la casa de Doña Francisca Bazán de Laguna, en San Miguel de Tucumán, es sentir un frío que estremece, el mismo que calaba los huesos de aquellos 29 diputados en el crudo invierno de 1816.

Allí, en una provincia pequeña pero de corazón inmenso, se parió la libertad. Hoy, a más de dos siglos de distancia –210 años– ese grito de “¡Sí, queremos!” resuena no como un recuerdo estático en los libros de escuela, sino como un reproche y una herencia pendiente para la Argentina de hoy.

El largo y doloroso camino hacia el altar de la Patria

La Independencia no fue un acto de magia ni el fruto del azar; fue una parición dolorosa que duró seis larguísimos años. Todo comenzó en aquel mayo lluvioso de 1810, en Buenos Aires. La Revolución de Mayo nos dio el Primer Gobierno Patrio, la audacia de sabernos dueños de nuestro destino, pero no la definición. Fuimos, durante más de un lustro, un territorio en un limbo peligroso: ya no queríamos obedecer a España, pero seguíamos gobernando en nombre de un Rey cautivo.

El camino entre 1810 y 1816 estuvo regado de sangre, incertidumbre y debates encarnizados. Mientras Manuel Belgrano retrocedía con el pueblo jujeño en un éxodo heroico y resistía en el Norte, el Rey Fernando VII recuperaba el trono español y preparaba una contraofensiva feroz para aplastar cualquier intento de rebeldía. América se desangraba. El panorama era desolador, la economía estaba quebrada y las provincias miraban con desconfianza el centralismo porteño. Había miedo, claro que sí. Pero hubo algo más fuerte: coraje.

El sacrificio de los justos: Cuando la Patria dolió en el cuerpo

Declarar la Independencia, el 9 de Julio de 1816, fue un acto de desmesurada valentía que rozaba la locura. Los congresales no viajaron en aviones ni en autopistas pavimentadas. Cruzaron el país a caballo o en galeras destartaladas, desafiando el frío, el hambre y los caminos intransitables durante semanas, solo para llegar a Tucumán. Sabían perfectamente que, si la revolución fracasaba, el destino que les esperaba era la horca por traición a la corona.

Pero el sacrificio no fue solo de los hombres de levita y sotana que firmaron el acta. Fue el sacrificio de un pueblo entero. Fue el de las mujeres que donaron sus joyas, cosieron uniformes y lloraron a sus hijos; el de los gauchos de Güemes que pusieron el pecho a las balas en la frontera Norte; el de los soldados descalzos que San Martín disciplinaba en El Plumerillo para una epopeya imposible.

Aquellos próceres no buscaban cargos públicos para enriquecerse, ni encuestas de satisfacción, ni el aplauso fácil de las corporaciones. Belgrano murió en la más absoluta pobreza, entregando su reloj de oro como pago a su médico. San Martín renunció a honores y sueldos. Pusieron el cuerpo, la vida y el nombre al servicio de una idea: ser libres o morir.

El espejo roto del presente: Un llamado a la grandeza

¿Qué quedó de aquel fuego sagrado en la Argentina actual? Al mirar el mapa político y social de nuestros días, el contraste duele. Nos encontramos en una sociedad fragmentada por mezquindades, donde la palabra “Patria” a veces parece un eslogan vacío de campaña y el bien común fue sepultado por intereses individuales o partidarios. Los políticos actuales, extraviados en internas feroces y debates de corto alcance, parecen haber olvidado el significado de la palabra renunciamiento.

El 9 de Julio de 1816, los diputados tenían visiones de país diametralmente opuestas: unos querían una monarquía constitucional, otros una república; unos eran centralistas, otros federales. Sin embargo, cuando Juan José Paso preguntó si querían ser una Nación Libre e Independiente de los reyes de España y sus metrópolis, las diferencias se disolvieron en un solo clamor. Tuvieron la madurez de entender que el objetivo común era infinitamente superior a sus batallas personales.

La herencia pendiente

La efeméride no puede ser solo un feriado para descansar o comer locro. Debe ser un examen de conciencia colectivo. El sacrificio de aquellos hombres y mujeres nos legó un país formalmente independiente, pero la verdadera independencia —la económica, la cultural, la social, la de un pueblo educado y con dignidad— se conquista todos los días.

Argentina tiene todo para ser el país grande con el que soñaron los congresales de 1816. Solo le falta recuperar la brújula moral de la Unión Nacional. Es hora de exigirle a la dirigencia actual, y a nosotros mismos como ciudadanos, que miremos hacia la Casa Histórica de Tucumán. Que entendamos, de una vez por todas, que ningún país camina hacia adelante si sus hijos tiran para lados opuestos.

Honrar el 9 de Julio es recoger el testigo de aquellos héroes. Es volver a mirarnos a los ojos como hermanos de una misma bandera y jurar, con la misma convicción que en 1816, que el sacrificio de los que nos precedieron no habrá sido en vano. La Patria nos sigue esperando.

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