Andrea hace pausas activas en compañías de Chile y busca derribar los prejuicios que todavía enfrentan las personas con Síndrome de Down mientras construye una vida cada vez más independiente
En las oficinas de Santiago de Chile, cuando los empleados que pasaron horas frente a la computadora empiezan a moverse en plena jornada laboral, es porque Andrea está ahí. Tiene 34 años, síndrome de Down y trabaja dando pausas activas en empresas. Entra con música, energía y una sonrisa enorme para dirigir la clase y, de repente, todos empiezan a seguir una coreografía improvisada.
Andrea Soto es instructora de zumba, masoterapeuta y especialista en reflexología total. Empezó a bailar cuando era chica, pasó por grupos de folklore y terminó certificándose como profesional en la academia de Rodrigo Díaz: siempre repite que para ella “el Down es un apellido más” y nunca una barrera para cumplir sus sueños o desarrollar su independencia.
“Antes pensaba ‘tengo síndrome de Down’ como una limitación, pero después entendí que podía hacer muchas cosas”, contó en diálogo con TN. Sin dar ninguna señal durante el embarazo, nació con trisomía 21 y fue la primera hija de una pareja de padres jóvenes. “Cuando nació, a mí me dijeron ‘tu hija es mongólica’. Fue muy duro”, expresó su madre, Clara Aguilera.
Sin embargo, sus padres tomaron una decisión desde el primer día: no querían que la discapacidad definiera el futuro de su hija. Mientras muchas familias todavía encontraban pocas respuestas y escasas oportunidades de inclusión, ellos apostaron por estimularla y acompañarla en cada paso aunque cada sesión con un profesional les resultara excesivamente costosa.
“Desde los 10 días de vida empezó rehabilitación, buscábamos todo lo que pudiera ayudarla. Buscar colegio fue difícil, muchas puertas se cerraban. Después encontramos un colegio pequeño donde ella pudo aprender muchísimo. Aprendió a leer cuando eso todavía no era algo habitual en chicos con Down”, contó Clara.
La familia también luchó contra algo menos visible: la sobreprotección. Andrea era la primera nieta y como es habitual, todos querían consentirla. Lo que sus padres entendieron temprano fue que para ella eso podía limitar su capacidad de resolución, así que insistían en que aprendiera a pedir las cosas por sí misma, a tomar decisiones y a desenvolverse con autonomía.
Con el tiempo, esa apuesta dio resultados: hoy Andrea se mueve sola por Santiago de Chile, viaja en transporte público para ir a trabajar y organiza gran parte de su rutina de manera independiente. “Al principio tenía miedo de salir sola, pensaba que me podía pasar algo, pero después me fui soltando”, recordó.
La idea de llevar la actividad física a los espacios de trabajo surgió después de la pandemia, cuando las empresas empezaron a buscar formas de combatir el sedentarismo y ofrecer momentos de recreación durante la jornada. Además, Andrea comenzó a participar en una fundación dedicada a la inclusión laboral de personas con discapacidad, donde encontró nuevas oportunidades para desarrollar sus habilidades y abrirse camino en el mundo profesional.
Insertarse laboralmente no fue sencillo. “Al principio fue un poquito difícil, pero después fui agarrando el ritmo y me fue súper bien”, aseguró. Si bien para su madre fue difícil no estar todo el tiempo con ella, nunca dudó de que podría hacerlo: “En un inicio fue difícil soltarla, nosotros sabíamos que era capaz, pero igual costó. Ahora ella se mueve sola por toda la ciudad”.
Entre risas y sintiéndose orgullosa por sus logros, Andrea contó que es una persona que nunca se queda quieta: hizo teatro durante dos años y encontró en el deporte otro espacio para desafiarse. Practicó fútbol, buceo e incluso se animó a actividades como el salto en bungee o rafting: “Me gustan mucho los juegos extremos”.
Además, recientemente fue invitada a participar de una pasarela inclusiva en la ciudad de La Serena, una experiencia que recuerda con entusiasmo. “Fue mi primera vez modelando y me sentí súper bien”, relató. Muchas de sus clases y eventos a los que asiste los comparte en Instagram, bajo el usuario @pachyzumba, que ya acumula más de 22 mil seguidores.
Enfrentar prejuicios y soñar con el futuro
Pero, a pesar de todos los avances, Andrea asegura que todavía hay situaciones cotidianas que la incomodan. La más frecuente tiene que ver con la forma en que algunas personas se relacionan con ella. “Lo que a mí me molesta es que la gente me mire mucho. Me molesta que le pregunten a mi mamá sobre mis cosas y me molesta cuando me dicen niña. No soy una niña, soy una adulta”, expresó.
La frase resume buena parte de su historia y le hace frente a aquel concepto que todavía persiste cuando se refiere a muchas personas con Síndrome de Down: la infantilización. En la actualidad, Andrea es una mujer que construyó su autonomía paso a paso, se desarrolla profesionalmente y que todavía sigue proyectando nuevos desafíos.
Cuando piensa en el futuro, se le iluminan los ojos y su sonrisa se amplía por el hambre que tiene de seguir superándose. Además de seguir trabajando, sueña con independizarse por completo y formar una familia: “Quiero vivir sola, tener una casa y ser madre. Sé que es un poco difícil, pero igual tengo un apoyo que me puede ayudar”, dijo. Entre risas, agregó: “También quiero tener novio”.
Hoy, cuando atraviesa sola la ciudad para llegar a una nueva clase, Andrea ya no piensa en las limitaciones que alguna vez creyó tener. En cambio, mira hacia adelante con ganas de seguir bailando y un montón de metas por cumplir, convencida de que su historia nunca estuvo definida por un diagnóstico.
Con información de Florencia Sotelo
