Tucumán, el cambalache eterno: cuando la decadencia deja de ser excusa y pasa a ser elección

“Cambalache”, el icónico tango de 1934 compuesto por Enrique Santos Discépolo, aborda la decadencia moral y la falta de valores en la sociedad con un tono cínico y realista. A través de sus versos, describe una época donde la honradez y la inmoralidad se equiparan, reflejando el caos social. En este 2026 sigue más vigente que nunca

Por SIN CODIGO

“Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos diez y en el dos mil también. Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafados. Contentos y amargados, valores y dublés”…

En política, reconocer un error no es debilidad: es el primer paso hacia la corrección. En Tucumán, sin embargo, esa práctica parece inexistente. Nadie se equivoca, nadie asume, nadie corrige. Y así estamos. O mejor dicho: así nos tienen. Aunque sería más honesto admitir también algo incómodo: así estamos porque así lo permitimos.

Hay una frase incómoda pero certera: “el pueblo tiene el gobierno que se merece”. Suena dura, pero explica bastante. Porque si los mismos nombres, las mismas prácticas y las mismas excusas se repiten elección tras elección, entonces la responsabilidad ya no es solo de quienes gobiernan, sino también de quienes los eligen. Como dice el refrán: “no tiene la culpa el chancho, sino quien le da de comer”.

La decadencia de Tucumán no es únicamente material. No se trata solo de rutas destruidas, obras inconclusas, atraso tecnológico o promesas incumplidas. El problema es más profundo: es cultural. La política ofrece, en muchos casos, dirigentes con una pobreza conceptual alarmante, pero el problema se agrava cuando del otro lado hay una ciudadanía que convalida ese nivel. El resultado es un círculo vicioso donde la mediocridad se reproduce sin resistencia.

El discurso oficial muchas veces roza lo insólito. Se explica lo evidente con argumentos infantiles, como si la sociedad no tuviera memoria ni acceso a la información. Las inundaciones son el mejor ejemplo: se las presenta como un fenómeno extraordinario, casi imprevisible, cuando en realidad son una constante desde hace décadas. Se habla de lluvias históricas, pero se omite la falta de obras estructurales durante 40 años. Se busca un culpable externo —hoy el Gobierno Nacional de turno— sin hacerse cargo de lo propio.

Y lo más curioso es el doble estándar: se exige responsabilidad a la Nación, pero no se practica puertas adentro. Se habla de falta de recursos, pero no se ajusta la política. Legislaturas sobredimensionadas, concejales con ingresos desproporcionados, estructuras estatales infladas. Todo sigue igual. O peor: sigue creciendo.

Cada crisis repite el mismo libreto. Primero, la creación de una comisión —ese clásico recurso para dilatar soluciones—. Hay un dicho político que dice “Crea una comisión cuando quieras que no se haga nada”. Después, un acto político disfrazado de anuncio institucional, prometiendo obras que rara vez se concretan. Y finalmente, el olvido… hasta la próxima inundación.

Mientras tanto, la dirigencia parece hablarle a una sociedad que ya no existe. Subestiman al ciudadano, simplifican los problemas, esquivan las responsabilidades. Pero el problema es que el ciudadano cambió: hoy tiene acceso a información, compara, cuestiona. Y, sobre todo, dejó de creer.

Tucumán podría tener otro destino. No tiene litio ni petróleo, pero tiene paisajes, historia, cultura. El turismo, por ejemplo, sigue siendo una oportunidad desaprovechada. Generar riqueza genuina, fomentar el empleo privado, reducir la dependencia del Estado: ese debería ser el camino. Pero para eso hace falta una dirigencia con visión. Y también una sociedad que deje de conformarse.

Hablar de “paz social” porque se pagan sueldos y se reparten beneficios es una mirada corta. Gobernar no es administrar la inercia, es proyectar futuro. Y en Tucumán, hace tiempo que el futuro no está en la agenda.

Si la política no cambia, el destino será el mismo: repetir errores hasta quedar en el peor lugar posible, el del recuerdo de una oportunidad desperdiciada. Pero si algo debería quedar claro es esto: la decadencia no es inevitable. Es una elección. Y como toda elección, todavía puede cambiarse.

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