Cine York está en Vicente López y sigue convocando al público a través de una curaduría única, el aura de su arquitectura y la mística de sus proyecciones
Bajo los árboles de la calle Alberdi, la fila comienza a formarse una hora antes de que el Cine York encienda su proyector. Hay quienes leen apoyados contra el paredón, otros fuman o conversan en voz baja entre mates y cafés; unos pocos se pierden en el celular. Algunos fotografían la fachada o la plaza de enfrente alfombrada de hojas, como si intuyeran que el momento merece ser registrado. Aquí la espera no es demora: es el inicio del rito.
Adentro, el acomodador ordena la sala mientras los acordes de jazz y las luces azules, blancas y rojas anticipan el film. Los espectadores vienen por Nouvelle Vague (2025), de Richard Linklater, una función del ciclo que homenajea a aquel movimiento francés revolucionario del séptimo arte. En esta esquina de Olivos, el latido común persiste.
En este baluarte, el streaming no ha logrado imponer su lógica de aislamiento. Allí donde las plataformas fomentan un consumo solitario y fragmentado, este cine recupera el encuentro. En tiempos de salas comerciales semi vacías, el histórico salón municipal emerge luminoso, repleto y vibrante.
“La muerte del cine y del público no se ve acá. Hay esperanza en que los cines sigan siendo espacios de encuentro, descubrimiento y educación y que el vecino sea parte, que nos diga qué quiere ver”, añade Juan Manuel Domínguez, el director artístico de Vicente López
Mientras la industria cinematográfica nacional atraviesa el peor arranque en tres décadas, la vereda de la calle Alberdi recupera una postal analógica: la del cine de barrio convocando público.
Un renacimiento singular
Después de la pandemia, cuando el cierre de las salas de barrio parecía inevitable, ocurrió lo inesperado: el público comenzó a crecer y a diversificarse. Las funciones, antes dispersas, se poblaron de nuevos espectadores y transformaron el espacio en una escuela informal de formación cinematográfica.
“Vienen muchísimos jóvenes. Los escucho decir que tal película no la habían visto nunca en pantalla gigante o que la vieron en cable, que es muy diferente. Vienen acá porque quieren ver otras clases de películas. Buscan films más viejos. Les interesa el cine de barrio, no el comercial”, reflexiona Raúl Barragan, proyeccionista del York desde hace 20 años.

Lo que el operador cinematográfico identifica como un creciente interés juvenil por un cine con otro “humor, nivel y ritmo”, es para Manuel Muñoz, estudiante de segundo año de Diseño, Imagen y Sonido en FADU, y asiduo espectador del York, una experiencia sensorial completa.
“Cuando entrás al York sentís que estás en la fotografía de una película. La primera que vi fue Corazón Salvaje, de David Lynch. Me dejó flasheado. El ambiente es muy diferente al del comercial. Además, está ubicado en una zona hermosa que transmite vibras geniales y te transporta a otra época. El hecho de que sea antiguo te da la idea de que estás en un lugar que tenés que cuidar”.
Entre el aura de la vieja arquitectura y la mística de las proyecciones de clásicos en pantalla grande se torna evidente que el público joven no solo asiste por los films, sino por la conexión emocional con el pasado.
